Por ser un blog con cocina casera, familiar y sana (o eso pretendo), suelo recurrir a la nostalgia al hablar de algún plato, producto, técnica culinaria o incluso costumbres familiares relacionados con la alimentación, aunque eso no significa que no siga los últimos adelantos. Pero de todos los productos que hoy consumimos habitualmente, hay uno que tengo clarísimo que no solo no ha perdido sus cualidades ni propiedades, sino que ha mejorado sensiblemente con respecto a otras épocas de las que yo tenga referencia, debido fundamentalmente al uso de las nuevas técnicas de fabricación. Se trata del aceite.

Recuerdo a mi madre guisando con aceite de oliva –sin más indicaciones en la etiqueta-, que incluso compraba a granel en los ultramarinos de entonces. Y también tengo en mi memoria alguna marca famosa, aunque no había muchas en el mercado. Luego, las autoridades nos presionaron con publicidad para que consumiéramos aceite de girasol, atribuyéndoles no sé cuantas propiedades. Pasó el tiempo, y ya parece que todos y todas tenemos claro que nuestro aceite de oliva es el mejor, y que para eso España es la primera productora mundial.

Pero tras esa movida aceitera, hubo un antes y un después para el consumidor (supongo que para el productor hubo mucho más), porque ya esas marcas clásicas, las de toda la vida, han quedado un poco en entredicho ante la avalancha de nuevos aceites procedentes de las mejores zonas olivareras de España (Jaén, Córdoba….etc.), que aparecen con mejores atributos debido a los máximos cuidados en su cultivo, extracción, selección y presentación. Y empezó a nacer una nueva cultura del aceite, el que pone en valor un producto de grandísima calidad, pero a base de esfuerzo en investigación y de nuevas técnicas de transformación que miman escrupulosamente el fruto.

Solo quedaría pendiente -pienso- que el consumidor-cocinero español utilice este buen aceite de oliva virgen extra para sus guisos diarios, además de para su tostada en crudo, evitando esos aceites mediocres refinados que no aportan nada a la nutrición ni a los sentidos.

Sabemos que el a.o.v.e. es más caro que el refinado, por supuesto, pero esta diferencia no es tanta, en comparación con sus muchas ventajas para la salud. Una familia de cuatro miembros, por ejemplo, puede consumir unos 6 litros de aceite de oliva al mes (corríjanme si me equivoco), utilizándolo de manera racional, lo justo.  Pero ese poco, que sea bueno.

Decir también, que lo normal es que los supermercados y grandes centros comerciales vendan aceites mediocres, refinados, cuando sus precios por litro estén por debajo de los 5 euros/litro, ya que no cubrirían los costes. Al menos, es bueno que todos sepamos esto. Después ya decidiremos qué comprar.

Y por último, referir que, según me cuentan en el Centro Basilippo, fue Italia el primer país que comenzó a preocuparse por la formación en el aceite de oliva virgen extra, y en España, afortunadamente ahora estamos en ello.

Solo quiero insistir en que deberíamos guisar con un buen aceite de oliva virgen extra, el producto más español, sin pasarnos en la cantidad (más que nada por sus muchas calorías), y que éste no tiene por qué ser el ganador de medallas.  Aquí solo podemos fiarnos de algunas marcas decentes y a ser posible comprarlo en envase de lata, para su mejor conservación.

El aove es salud en nuestros platos todos los dias del año.