El pasado miércoles, en la Biblioteca Pública de Sevilla, pasamos dos horas hablando de cuentos, en un acto organizado por Taller de Palabras, y dedicado al cuentista Julio Ramón Ribeyro, natural de Perú (1929-1994), que aunque contemporáneo del brillante grupo de escritores latinoamericanos de su época, no gozó de la misma popularidad y reconocimiento, ya que vivió al margen del éxito. Se le considera el mejor cuentista de Latinoamérica. La cata a los cuentos de Ribeyro buscaban extraer el sentido de sus narraciones cortas, en una puesta en común sin alimentos para el estómago, solamente para el espíritu, intentando saborear la salsa de un cuentista atípico del siglo XX.

Partiendo de que los cuentos son un género poco consumido, María José y Marta, responsables de Taller de Palabras escogen a Julio Ramón Ribeyro simplemente por gustos personales. Para ellas, los relatos del peruano desprenden sensibilidad, ternura, algo especial. Cultiva una especie de realismo urbano, describiendo la clase baja, sus frustraciones, a través de sus pocos héroes protagonistas, personajes muy particulares.  En sus cuentos Ribeyro se refiere a “la palabra del mudo”, es decir, los -de algún modo- privados de palabra.

Veamos el decálogo del cuento según Ribeyro:

  1. Un cuento debe ser una historia, no meras reflexiones.
  2. La historia puede ser real o inventada.
  3. Debe ser breve, pero contarse de un tirón.
  4. Debe entretener, conmover, intrigar o sorprender, y todo en una sentada….
  5. Debe llevar un estilo directo, sencillo y sin ornamento.
  6. Debe mostrar, no enseñar, y no moraleja, sino según los sentidos.
  7. Admite todas las técnicas; diálogo, monólogo, narración, etc. sin diluir la historia.
  8. Debe describir un conflicto, la necesidad de tomar una decisión.
  9. Todo sin tiempos muertos, ni sobrar nada.

10. Con un solo desenlace, por sorpresivo, que hay que aceptar.

Cuatro cuentos de Ribeyro fueron sometidos a cata en este taller:

Los merengues (1952): Un niño siente indefensión e incomprensión la primera vez que tiene dinero, decidiendo dedicarlo a comprar en el merengue que lleva años soñando. El cuento pone de manifiesto rocambolescamente el problema de las clases sociales. No hay oportunidad, se fracasa en el empeño de seres grises y olvidados. Solo podrá quedar la venganza.

Dirección equivocada (1957): Un cobrador busca al moroso por una ciudad en proceso de degradación industrial. Cuando encuentra por fín la casa del deudor, la visión de la cara de su mujer le hace cambiar de opinión y vuelve al origen, con la nota de dirección equivocada. No hay justicia, solo decisión personal. El protagonista es caprichoso, no un superhéroe.

El profesor suplente (1952) : Matías recibe el nombramiento de trabajar como profesor, tras varios años de empleo precario y no acorde con su formación. Pero camino al colegio el dia de su incorporación se arrepiente y decide no entrar. Al volver a casa, la mirada de orgullo de su mujer, creyéndolo ya profesor, le hace arrepentirse de su decisión. Tenía miedo al cambio.

La insignia: (1952): hoy estaría totalmente vigente. Copio un párrafo del cuento: «Han pasado diez años. Por mis propios méritos he sido designado presidente. Uso una toga orlada de púrpura con la que aparezco en los grandes ceremoniales. Los afiliados me tratan de vuecencia. Tengo una renta de cinco mil dólares, casas en los balnearios, sirvientes con librea que me respetan y me temen, y hasta una mujer encantadora que viene a mí por las noches sin que yo le llame. Y a pesar de todo esto, ahora, como el primer día y como siempre, vivo en la más absoluta ignorancia, y si alguien me preguntara cuál es el sentido de nuestra organización, yo no sabría qué responderle.»

«La insignia», Julio Ramón Ribeyro, 1952.

A pesar del fuerte resfriado que tenía aquella tarde, confieso que disfruté muchísimo con la narrativa de Ribeyro. Su fijación en los personajes perdidos, escondidos, sin oportunidad alguna de salir adelante y de ser escuchados, le convierte en un autor de gran sensibilidad social. Alguien tiene que fijarse en los olvidados.