Constancia, conciencia y cariño. Tres ces a partes iguales para definir la cocina casera, en la que evidentemente alguien se toma en serio esta actividad sin cobrar salario alguno, y conoce perfectamente su importancia, porque en ella va la salud de los que comparten ese hogar. Tres pilares de una cocina que produce sabores y aromas que pueden hacer felices a toda una familia. Tres condiciones para elevar la actividad al máximo rango de la humanidad. Lo siento, no toda la cocina puede ser casera….

Constancia: no sirve una aislada paella de domingo, una carrillada notable o un dulce de fiesta especial para lucirse ante los invitados. No valen las especialidades. Aquí hay que cocinar a diario, a la hora que se pueda, con los ingredientes comprados tal vez a la carrera, pero con los cinco sentidos, teniendo en cuenta los horarios de niños y mayores, el dinero que tenemos y procurando que no nos sobre comida.

Conciencia: cocinar para la familia es una gran responsabilidad; la salud, la economía, incluso la armonía y la alegría colectiva les va en ello. Saber a quien comprar, cómo elaborar, cuando combinar productos y qué platos preparar. Todo un arte basado en el fundamento principal y bíblico de dar de comer y de vivir al hambriento, pero con planificación.

Cariño: tal vez sea el factor más importante. Con interés todo se aprende. Aunque no se comparta el momento de la comida por los distintos horarios de esta vida nuestra tan alocada, ese plato preparado con detalle y calentado después, va a transmitir sin duda –antes o después- buenas vibraciones, buen rollo aunque se coma en soledad. Es un valor añadido y multiplicado a la olla, al perol, a la sartén, y sobre todo al mantel, que ése sí que nos sigue a diario.

He dicho.