Un día como hoy, 5 de agosto, en 1842 nació una caja de ahorros sevillana: El Monte. En Cádiz, siendo yo estudiante de bachillerato, recuerdo que me acercaba a la oficina de una caja de ahorros gaditana para cobrar el importe trimestral de la beca. No olvido sus limpios mostradores y su personal perfectamente arreglado; eso me gustaba. Ya incorporada al mercado laboral, después de pasar por varias empresas privadas en las que siempre fui fija (¡qué tiempos!), encontré un anuncio de ofertas de trabajo en el ABC (El Pais aun no existía), y escribí.

Me examiné, aprobé y comencé una nueva vida laboral. Allí, en El Monte Caja de Ahorros,  las normas eran claras, el dinero se movía con firma y transparencia,  la contabilidad tenía fundamento y el Banco de España autoridad. A sus múltiples oficinas de barrios obreros o ricos, los clientes acudían buscando financiación o custodia de fondos, pero con la total confianza de saberse atendidos y comprendidos. El director sabía cómo prestar dinero. El cliente era nuestra razón de ser.

Pasó el tiempo, nos modernizamos, nos metimos en otros negocios más universales, salimos de nuestras fronteras geográficas y nos sentimos orgullosos de trabajar allí. Pero, paralelamente perdimos el control de las cosas y de las personas, y olvidamos el norte de la ética y del sentido común. No sabíamos dónde podríamos acabar. Pero todo acabó y mal, con el desprestigio de estas entidades que tanto bien habían hecho a nuestra sociedad durante tantos años.

Hoy, cuando esta Caja no ha podido cumplir sus 170 años, porque no la han dejado ni los de fuera ni los de dentro, solo quiero darle las gracias, aunque ya no tenga CIF, pues quedó hueca, sin nombre, imagen y, sobre todo, sin el recuerdo de que en un tiempo fue lo mejor.

Escribo esto solo por gratitud a esta Caja y a las demás, pues sin duda contribuyeron al desarrollo económico y social de este país, permitiendo el acceso a los servicios financieros a los más desfavorecidos y al último rincón de España. Todo ello a base de una gestión ética de los recursos y de destinar sus beneficios a razonables obras sociales. A los empleados de a pie se nos ofreció la dignidad laboral. No creo que esto lo hubieran dado muchas empresas. Esta Caja, como supongo que todas, fue muy buena mientras la respetaron.

Desgraciadamente toda esta labor de casi dos siglos ha quedado olvidada y desprestigiada por circunstancias internas y externas. Pero habría que valorar el buen trabajo realizado por las cajas de ahorros con la sociedad, las instituciones y su plantilla. Habría que guardar en la memoria colectiva la esencia, la filosofía y el fundamento de un gran modelo de entidad financiera, que llegaba a todos los niveles sociales y que distribuía la riqueza con justicia y honradez. En 170 años la que fue El Monte Caja de Ahorros no dejó de funcionar a pesar de guerras, repúblicas, crisis, golpes de estado, epidemias, revoluciones y dictaduras…. Hoy parece que no quieren que sirva. Los que fuimos empleados no deberíamos olvidarla, ni permitir que se la juzgara por su nefasta última etapa.

Lo normal es que las instituciones sobrevivan a las personas en el tiempo. Con las cajas ha ocurrido lo contrario. Confiemos en los nuevos tiempos y que no haya que inventarlas de nuevo.