El calor quita las ganas de cocinar. Como no tengo más remedio, sigo cumpliendo el rito del guiso a diario, como siempre. Pero me cuesta concentrarme para organizar el menú semanal, hacerlo lo más variado y atractivo posible, aprovechar lo que tengo en el congelador y emplear todas los avíos del verdulero. Aún así, los platos no me salen como me gustaría. Porque falta eso, más ganas.

Ayer preparé -entre otros- un revuelto de berenjenas, que, la verdad, me salió bastante bueno. Eso pudimos comprobar en la mesa, cuando desde el mismo perol llegó a cada plato.  Pero la semana pasada, con unas albóndigas de corvina que hice, que aunque estaban buenas -porque todo lo que llevaban era de primera-,no me convencieron del todo. Les faltaba ese toque de sabor final guay, que te conquista definitivamente. A lo mejor son cosas mías, pero la cocina es algo muy personal, muy subjetivo, y precisamente por eso se convierte en algo muy o muy poco valorado.

El verano, el calor, no ayudan a cocinar en caliente y yo diría que tampoco en frío; tienes menos apetito, no estás a gusto en la cocina con horno y fuegos encendidos. Y meterte allí es un auténtico rollo, porque no le ves el aliciente por ningún lado. Pero claro, hay que comer todos los días…..

La cocina, como cualquier otra tarea, tiene sus altibajos. Y he de confesar que no me gusta especialmente como entretenimiento. Eso sí, me encanta como reto, como disciplina, como esfuerzo. Y de ahí saco las ganas, el tiempo, la poca o mucha imaginación y la preocupación por hacerlo cada dia mejor. No solo es cocinar rico, sino también cocinar sano y variado, y si encima lo comparto pues mucho mejor. He estado acostumbrada a cocinar con prisas, con agobios por el tiempo. Cocinar no es un placer, pero sí una suerte, un privilegio al alcance de muchos, no todos. La cocina de mi casa es un dominio que me pertenece pero ¿Qué pongo mañana para comer?