Ver este escaparate me deprimió. El local no es exactamente lo que se entiende por un supermercado, sino más bien una tiendecita de barrio. No diré dónde.  Pero el contemplar tras el cristal productos de limpieza –detergentes, limpiadores, etc.- o de aseo junto a las ofertas de palitos de cangrejo o de gambas peladas, me produjo náuseas. Los carteles publicitaban alimentos junto a productos químicos.

Supongo que el establecimiento contará –entre otros- con unos buenos congeladores y en ellos tendrá esos palitos de cangrejo (cuyo contenido aún no he llegado a entender del todo) y unas gambas peladas (que seguramente no saben a nada). Pero da la impresión de que uno sale a comprar productos de droguería y, de paso, se lleva algo para comer rápido, lo más breve posible.

¡Qué pena comprar la comida en cualquier sitio!. Alimentos que por estar fuera de sitio pierden su dignidad, su importancia, su calidad, su categoría, su sentido, porque están mezclados con elementos sin vida, procesados para limpiar, con un destino distinto al cuerpo de los hombres. Cada vez son más los locales que venden de todo, incluso alimentos. Da un poco de asco comprarles, la verdad… por recordar, recuerdo las tiendecitas de ultramarinos del barrio en mi infancia: allí se mezclaba todo, y casi todo a granel, pero nunca vi junto a los alimentos un limpiador, una lejía o un quitagrasas.

Mamarracho, birria, cosa grotesca, extravagante, disparate, desatino, ridiculez…. Todo eso es sinónimo de esperpento.

La semana pasada decidí comprar dos cepillos de dientes en la farmacia cercana, que para eso está, en lugar de adquirirlos en un centro comercial. ¿Por qué no dejar que cada uno se dedique a lo suyo? Hay que reeducar la especialización comercial y quien mejor que el consumidor. De lo contrario, los esperpentos crecerán a nuestro alrededor, y los alimentos se merecen un respeto.