En 2010 –según Diario de Cádiz- se cumplieron 50 años del estreno de la obra teatral “El Pájaro Azul”, escrita por Adolfo Vila Valencia. El acto tuvo como escenario la cueva descubierta en la calle San Juan de la ciudad gaditana y ante numeroso público. En el trabajo colaboró el músico gaditano (fallecido hace pocos años) Antonio Escobar. De La Cueva del Pájaro Azul, taberna típica de cante flamenco hemos hablado en varios posts, como puede comprobarse por el buscador del blog. Hoy toca transcribir el texto del escritor Vila Valencia, en busca de los orígenes del famoso bandolero que llevaba este nombre.

BREVE HISTORIA DE LA CUEVA DEL PÁJARO AZUL.

“Todas las ciudades, aparte de su historia general, que también llamamos “monografía”, suelen tener sus leyendas y tradiciones, y Cádiz, como ciudad tan antigua y geográficamente tan “misteriosa” también cuenta con la tradición que diera vida y nombre a la Cueva del “Pájaro Azul”, que vamos a conocer ahora.

Fue por el año 1820 cuando existía en nuestra ciudad una cuadrilla o compañía de contrabandista o matuteros, cuyo jefe o capitán era un tal Francisco Fernández, señó Francisco, por apodo “El Pájaro Azul”, ni más n menos que un “burlador de la ley”, no de la prestancia y el arrojo de un Luis Candela, un Diego Corriente o un José María El Tempranillo, que dieran peculiar fama al bandolerismo español, más desarrollado que en parte alguna que en nuestra Andalucía. Aquella Sierra de Ronda, aquella Sierra Morena…

“El Pájaro Azul”, mote que se le dio por su habilidad para los contrabandos, a través de nuestro mar, por el campo del Salado, entonces, y luego Campo del Sur, tenía sus hombres especializados en el arte de los “alijos” y los que se llevaban a efecto vistiéndose de frailes Capuchinos, dichos contrabandistas, llevaban el tabaco escondido en sus capuchas y desorientando así a los encargados de intervenir la dicha presa.

Cádiz, desde la dominación goda, y luego la árabe, fue la ciudad de los subterráneos. Ya sabemos que en la hoy calle del Obispo Cerero. Descubrióse en 1643 un sepulcro del tamaño de un pequeño aposento abovedado, y en ocasión de que unos trabajadores sacaban cantos del suelo de dicha calle, observando al hacer la excavación que salía un olor como de pavesa. Bajando a ver lo que allí había, encontraron el sepulcro y un candil de barro donde había estado encendida aquella luz perenne que tanto usaron para las tumbas los griegos y romanos. De este descubrimiento vino el ponerle a la citada calle el nombre del Candil.

También en el año 1700, en la cruz que forman las cuatro esquinas de las calles del Sacramento y Torre, al hacerse una excavación para el aljibe de una casa, se encontró un pavimento de mosaico como de una sala con las palabras “Christus vivit, Christus regnat, Christus adorat, etc”.

En nuestros días, al construirse las fuentes de la Plaza de la Victoria, ante las Puertas de Tierra, vimos en el subsuelo un hermoso salón, perfectamente decorado que continuaba hasta Bahía Blanca.

Este refugio que en otros tiempos constituyeron las catacumbas de los primeros cristianos, fueron en nuestro pasado siglo madrigueras de contrabandistas. Esta del “señó Francisco” tiene una entrada por la finca número I, casa del Conde de la Marquina, donde en el patio, por una puerta con tranca se introduce el curioso observador en los subterráneos matuteristas y que llevan hasta el actual taberna de “El Pájaro Azul”, continuando su travesía hasta Puerto Chico.

La entrada para el auténtico escondrijo de nuestro contrabandista puede verse aún en un recodo de la Plaza del Silencio, penetrando por la callejuela Bajada de Escribanos.

Como entonces se encontraba a medio construir la Iglesia Catedral, por arriba, o techo de la cripta, y por los ventanucos que dan al Campo del Sur, se introducía en contrabando que quedaba en montones en la misma cripta. Las puertas que daban paso a esta guarida están hoy tabicadas.

Cuando los famosos sucesos del 10 de Marzo de 1820, y en defensa de la Constitución de 1812, “El Pájaro Azul” cayó herido por los soldados del señor Freire, reponiéndose luego gracias a una familia pudiente que lo recogió moribundo a la puerta de una casa de la calle Cánovas del Castillo.

Retirado luego de su vida de matutero, puso un baratillo, o establecimiento de cosas usadas, en la calle de San Bernardo, embarcándose luego para América, en donde seguramente fallecería.

Al cabo de los años, y por un suceso fortuito, reapareció este fragmento de las cuevas, de las cuales don Manuel Fedriani es hoy sostenedor y propagador, sin pasar más contrabando que el de esas páginas de tradición que se van borrando de nuestros anales como páginas carcomidas por el gorgojo de los graneros”.

 Fdo.: Adolfo Vila Valencia.

Adolfo Vila Valencia nació en Cádiz el 1 de agosto de 1903 en la calle Sagasta num 100. Empezó a trabajar en la Sombrerería Bartú, continuando en trabajos de imprenta, como tipógrafo, para finalizar luego como corrector de Diario de Cádiz. Fue académico, miembro de la Cátedra Municipal de Cultura Adolfo de Castro y de la Sociedad General de Autores y miembro del Ateneo de Cádiz. Entre otras obras, escribió “Tradiciones gaditanas”, “Cádiz bajo el reinado de Isabel II”, “Papeles viejos” y “El Quijote de Cádiz”.

El texto me llegó a través de mi primo Manuel Fedriani del Moral, quien lo guardó durante muchos años. Mi agradecimiento por el detalle.