Por la noche, las habichuelas estaban realmente asquerosas; el potaje había sido recalentado, el plato removido y había perdido su vista y su textura. Pero eso era lo que había para cenar por no habernos tomado el plato a su hora en el almuerzo, ni siquiera mínimamente probado por cumplir. Al final, el hambre, nos apremiaba a comernos el plato de alubias de mala gana. Así eran las cosas sagradas del comer en nuestros tiempos. Pero hoy en ocasiones, cuando uno –sobre todo algún niño- dice que no le gusta algo de lo cocinado, pues nada, se le prepara otra cosa y punto. Mal sistema, prefiero al de mi niñez.

Aun recuerdo en cierta ocasión cómo un amigo al que habíamos invitado a comer se negó a probar el plato de judías verdes salteadas, aduciendo que no le gustaba la verdura. Aquello me molestó. Podría haberlas probado al menos por complacer.

Eso de comer a la carta en una familia me parece una falta de respeto hacia el cocinero, que ya trabaja bastante, además de una concesión injusta a los comensales, sean adultos o pequeños, pues de ese modo, se prolonga innecesariamente el tiempo dedicado a la cocina y el cocinero no llega nunca a sentarse tranquilamente a la mesa con los demás, mientras ellos disfrutan del menú y la conversación.

Defiendo una sola comida para todos, les guste más o menos o no la soporten, en cuyo caso pueden pedir que se les sirva lo mínimo en el plato. Y salvo problemas de salud o intolerancia hacia algún alimento, el cocinero/a no debe tener contemplaciones con nadie. La comida es para todos.

El sistema que empleaban mis padres (como la mayoría de la gente entonces) era sin duda el mejor para educar en los principios del comer de todo, así como en el respeto al trabajo de los demás. ¡Qué pena que hayamos perdido costumbres como ésta!.

Además, hoy dia con los graves problemas económicos que tienen muchas familias, la cosa está como para andar con caprichos… Una para todos y eso es lo que hay. Por supuesto en nuestra casa, ni siquiera me planteo preguntar. La comida se sirve y punto.