El cartel de cerrado me lo encontré esta mañana. Supongo que se habría enterado de lo del 29-M por la radio, que siempre tengo encendida mientras guiso. Que conste que no le había comentado nada, no le transmití presión alguna. Ella es libre de trabajar o no, y en esta ocasión respeto absolutamente su decisión. Además, desde ayer yo tenía preparada la comida de hoy jueves y de mañana viernes, por si acaso. Arroz con verduras y un pavo con piñones y pasas, además de un pisto, estaban ya distribuidos en sus correspondientes fiambreras para hacer frente a una prevista jornada de huelga con todas sus consecuencias.

Como ocurre en toda sociedad civilizada, la cocina nos informó mediante cartelitos de los servicios mínimos, que eran éstos: la cafetera, imprescindible para empezar el día, y el microondas, fundamental para comer caliente el plato en la mesa. De ese modo, no salió de su habitáculo ningún perol, olla, cacerola, sartén, batidora, hervidor, así como ninguna de las cucharas de madera que tanto lucen en mi encimera. La huelga es la huelga y hay que respetarla.

La cocina debe ser –salvo corrupción en los principios fundamentales de la alimentación humana, que la hay- el barómetro del bienestar del ciudadano de esta parte del mundo, y ella lo sabe. Y también es consciente de que es el último destino de la crisis, de los recortes, de la precariedad, del paro y de los muchos abusos laborales que venimos padeciendo, y por eso no queremos más.

Mi cocina sí ha hecho huelga. Quiere que miremos hacia ella. Sus fuegos caídos de hoy quieren llamar nuestra atención sobre la necesidad de que haya una comida caliente en cada casa, y no haya que buscarla en los comedores sociales. El calor vitrocerámico nos recuerda que cada hombre debe ser autosuficiente para alimentarse, soberano para decidir qué comer, y para eso hay que empezar por tener trabajo y que te lo paguen con dignidad y justicia.

Ahora más que nunca la cocina contempla nuestra vida, nuestros problemas, analizando nuestros aciertos y nuestras equivocaciones. La cocina sabe mucho de crisis pero precisamente por eso, denuncia el que siempre tengan que pagar los mismos, los trabajadores, que son los que cocinan. El resto, no tiene ni idea de freir un huevo, de lo que vale ni de lo que cuesta. Mi cocina cree en una sociedad mejor.