Vive el Doce, se leía en los autobuses urbanos de Cádiz. Y creo que lo hemos vivido con ganas de vivir. Ayer domingo fue la celebración institucional, que nos convirtió en capital de España por unas horas: los Reyes, presidente del gobierno, vicepresidenta, algunos ministros, presidentes del Congreso y el Senado, el pleno del Tribunal Constitucional, presidente autonómico, autoridades militares,  oposición,  cargos consulares y algunas banderas republicanas….y Madrid se quedó sola. Pusimos el despertador a las 7, para empezar a las 9 el desfile con vestidos de época tras el batallón de soldados del Doce, por las mejores calles de Cádiz, todo ello con fuertes medidas de seguridad. Y por suerte o por milagro, la noche anterior pudo acabarse la obra de la Plaza de San Juan de Dios…. El escaparate de la ciudad. Supongo que hubo que reforzar el número de bocadillos para los obreros.

El grupo del pueblo (muchas mujeres, algunos niños y pocos hombres, pues los diputados iban aparte), nos apostamos en las esquinas de la calle Ancha para esperar –precedido de unidad de música- al batallón de milicias nacionales, voluntarios distinguidos de Cádiz, voluntarios de la Segunda Aguada, artilleros de Puntales, Guardia Salinera (San Fernando) y Asociación Histórica Torrijos (de Alhaurín de la Torre, Málaga), a quienes debíamos vitorear, además de a la nación y al mismísimo rey Fernando VII. Y así fue. ¡Viva el rey! En un Bicentenario feliz. Que luego aquel Borbón nos vendió a todos. Mientras tanto, policía en motos, varias cadenas de radio y televisión cubriendo la noticia, mi amigo Juan José Téllez micro de la radio en mano, y el escenógrafo Eduardo Bablé con impecable chaqueta azul de terciopelo y pajarita, además de algún que otro reportero conocido y muchos cámaras. Regreso al Doce.

Bello desfile, yo entre el pueblo llano, pues la mujer no era mucho más en 1812, para dirigirnos a la iglesia del Carmen, donde tendría lugar el rezo del solemne Te Deum de acción de gracias por la promulgación de la Carta Magna, tal como se hizo el 19 de marzo de 1812. Los soldados no podrían acceder al templo por llevar armas, pero mi grupo tampoco pudo, por no llevar invitaciones, que fueron a parar a otros invitados más oportunistas. Estas cosas solo les pasa al pueblo. En fín, a esperar en el Baluarte de la Candelaria, con las olas rompiendo en la muralla de piedra ostionera, con un viento frío del norte al que no estamos acostumbrados en Cádiz. Pero me sirvió para conocer a más gente del pueblo.

Llegó el momento, se abrieron las puertas del Carmen. Y salimos de nuevo tras los soldados, los diputados y el clero. La Alameda lucía preciosa. ¡qué buena luz tiene Cádiz!. Mucha gente fotografiando nuestro desfile. El destino era la Plaza de España, donde junto al monumento a las Cortes tendría lugar la ofrenda floral del Rey. El monarca pasó revista a las tropas, precedido de los miembros del gobierno, mientras el peinado de la reina luchaba contra el viento. El público alejado del escenario, y los “históricos” un poco más cerca. El barrio de San Carlos lleno de policías en las azoteas. Y rindiendo honores, nuestro Batallón.

Junto a los gaditanos, desfilaron los miembros de la Asociación Torrijos como dije antes, cuyo objeto es conmemorar la detención, prisión y fusilamiento del General Torrijos el 8 de diciembre de 1831, junto a 50 hombres leales. Vienen y vuelven a Málaga en el mismo dia. Sus uniformes también hermosean el paseo. Es bueno que alguien recuerde con imágenes un suceso histórico injusto.

Vuelta al Baluarte, de nuevos fotos y vídeos. Los recortes de gastos en el Ayuntamiento no impiden ofrecernos una cerveza fresca, que es de agradecer. El Diario de Cádiz dice que la ciudad tiene gancho.

Aunque ninguna de las obras –con excepción del Oratorio- han terminado para la celebración (una pena o una vergüenza después del tiempo transcurrido), pienso en las muchas cosas que hemos logrado en  torno al Bicentenario: se ha leído la Constitución de 1812, se ha interpretado, resumido, escenificado, recreado, reinventado, criticado y situado en lugar y época. Y lo mejor de todo es que este trabajo supone una gran inversión cultural que ha ido a parar directamente al ciudadano, a su memoria y su conciencia, y eso es más importante que las promesas materiales incumplidas por la Administración.

El que continúe esta celebración va a depender de que sepamos comunicarla, venderla, porque la Constitución del Doce tiene muchísimo de bueno para enseñar y también algo de malo para no repetir la historia, como todo lo humano. Vive el Doce.