Tras el descubrimiento, el bodeguero gaditano Manuel Fedriani no tenía claro a qué destinar aquel espacio aparecido bajo el subsuelo. De momento hizo construir una escalera para un fácil acceso, dispuso resanar y encalar las paredes que estaban en muy mal estado, aplastar el piso con albero y colocar una instalación eléctrica provisional. Igualmente dotó al establecimiento de unas sencillas mesas de madera y sillas de tijera.

En esas condiciones, la familia y las amistades celebramos muchas comidas, con o sin motivo. Caracoles, “papas” y aceitunas “aliñás”, menudo, paella, gazpacho, sopa de tortuga o fritos gaditanos eran los típicos alimentos del aquel local subterráneo. Y un plato propio: los huevos a La Cueva, Éste fue un plato que se incluyó en el menú cuando se abrió oficialmente y empezó a funcionar el restaurante. La cocina estaba en la planta de arriba. En las comidas familiares del principio no se hicieron ni se comieron. El filete de ternera se colocaba en el fondo de la cazuela y los huevos arriba. Era igual que los huevos a la flamenca, pero con la sorpresa del filete oculto. Lógicamente, el vino nunca faltó en la mesa.

Pero muy pronto Fedriani cree que aquello puede ser un negocio interesante, y se rodea de una serie de expertos para decorar el local como taberna típica y a la vez restaurante, pues en Cádiz no hay nada parecido que esté bajo el suelo. Se visten las paredes con grandes carteles de toros (aunque en algunas habitaciones éstos no cabían por la altura), se adquiere o se le regalan infinidad de objetos antiguos (pistolas, velones y candiles, ánforas, cuadros, platos de cerámica, etc), que con esmero y buen gusto se va colocando en paredes y estanterías.

Se enladrilla el suelo con piezas viejas. Se recubren algunos muros con rollos de esparto a distintas alturas para salvar la humedad existente y se manda construir un mobiliario adecuado al sitio, rústico pero a la vez cómodo. El carpintero, el maestro señor Torrejón, lo construyó allí mismo. De este modo, se dota al establecimiento de todo lo necesario. Según Manuel Fedriani del Moral –hijo del empresario-  la cristalería y la vajilla tenían grabado el sello de “La Cueva del Pájaro Azul” y en cada catavino jerezano lucía un número consecutivo y no repetido. De este modo cada cliente tenía su copa. Por fortuna, hoy se conserva gran parte de esta cristalería, uno de los más preciados recuerdos.

El nombre del establecimiento en principio iba a ser «Las Cuevas de Andalucía», pero fue Adolfo Vila y Valencia, amigo de Fedriani,  conocedor de la historia de Cádiz, junto a otras personas, quienes sugirieron que se llamase «La Cueva del Pájaro Azul», por un famoso contrabandista gaditano que merodeaba aquella zona, y era muy posible que en aquel mismo sitio tuviera su refugio. Corría la primavera de 1960.

 El descubrimiento de La Cueva del Pájaro Äzul