Más de cien años tienen sus barriles. Dicen que Pemán compraba allí también la manzanilla.Y doscientos años antes, por allí cerca, los barcos se aprovisionaban de la mejor agua para el viaje a América, en el pozo de La Jara. El bar Veedor es un local rehabilitado hace pocos años, que conserva su antigua tienda de ultramarinos, la decoración en el techo y que muestra la mejor exposición de tortillas durante todo el día y parte de la noche. Su cercanía a la Plaza de San Antonio le proporciona cierto estilo fino y señorial, como el de sus tortillas. Confieso que me encanta este Cádiz. Y la tortillas del Veedor también.

El Bar Veedor (calle Veedor esquina a Vea Murguia, no confundir con el Veedor 10 que está enfrente), tiene un carácter muy académico pues es frecuentado por destacados miembros de la Universidad de Cádiz. Mismamente nosotros estuvimos allí con nuestro amigo, un antiguo decano, con lo cual pasamos desapercibidos.

Conviene hablar en él de temas universitarios, culturales y antropológicos, aunque es cierto que tras la primera cerveza las conversaciones derivan hacia otros temas más vulgares, como el carnaval o la política y no digamos con la primera copa de manzanilla de los barriles centenarios…. Entonces pueden sobrevenir súbitamente la filosofía universal del compadreo de tasca, la exaltación de la amistad, los cantos regionales y hasta los insultos al clero.

Pero, las tortillas del Veedor son un colectivo espectacular: su valor viene por ser un juego completo, como las colecciones de miniaturas antiguas. Mixtas, de espinacas, de queso, de cebolla, de berenjenas. Todas exquisitas, todas elegantes, de grosor justo, jugosas, cremosas, fáciles de llevar a la boca con esa especial finura gaditana. Las tortillas del Veedor conviven con platos de jamón auténticos y de quesos especiales. Sus camareros saben estar, servir, y opinar. Estas tortillas son ideales para tomar al salir del Falla, porque no encuentras nada mejor por el camino a esa hora.

Se diría que estas tortillas son la especialidad de la casa, las joyas de la corona, y por eso están permanentemente expuestas en vitrinas frigoríficas a temperatura y humedad constantes, desde donde son calentadas y puestas a disposición de un público mayoritariamente pijo al menos hasta la primera copa.

Esta lección de tortillología nos resultó muy fácil, puesto que ya la teníamos estudiada y aprendida a lo largo de muchas clases anteriores. Pero no podemos confiarnos, ahora nos quedan las lecciones del extranjero gaditano, donde no nos conoce ni el Tato. Además, las prácticas las llevamos algo atrasadas. Próxima estación, ya en la provincia.