Dicen que a los argentinos les encanta el psicoanálisis. Ahora comprendo por qué la noche que entramos en el aula número 14, El Cañón, el camarero –gaucho él- adivinó rápidamente a través de la mirada nuestras oscuras intenciones: íbamos por lo de la tortillología principalmente, aunque luego, el comer y el rascar todo es empezar. En fín, que este comienzo facilitó mucho las cosas, pues sobre la marcha recibió el oculto cocinero la comanda de cuatro tortillas extras para cuatro tortillandos en formación. La carta llevaba una beca incorporada y sin recortes de presupuesto, en formato de catavino con manzanilla fresquita. La felicidad completa para un tapatólogo, tomar  algo de valvulina.

El Cañón –situado entre las calles Rosario y Feduchy-, en el casco antiguo de Cádiz,  fue un antiguo ultramarinos de los que salen en las antiguas fotos sepia: “Ultramarinos, vinos, licores y otros efectos”; y hoy está totalmente remodelado, o más bien reconvertido y con bastante estilo y buenos vinos en sus paredes. Es famoso sobre todo como punto de encuentro del mundo del carnaval y sus letristas. De hecho ha dado su nombre a una asociación de coristas, sin relación alguna con la SGAE que se sepa.

Cuando salieron por el torno de la cocina, comprendimos que aquellas tortillas recién hechas estaban predestinadas desde el principio de la licenciatura: en platitos individuales, personalizadas. Bajo el nombre palmario de tortilla emborrachá, se han fusionado armoniosamente huevos, patatas, pimientos verdes, sal y manzanilla de Sanlúcar. Tortillas perfectamente redondas, amarillas huevo pollito, de sabor joven, como la típica tortilla casera de las cenas de verano, aunque el aroma final de la manzanilla te devuelve a la realidad: basta de ilusiones y recuerdos, que ya has cumplido los cincuenta y estás aquí para sacarte un título en tortillología y hacerte una persona de provecho.

Después de esta dulce experiencia espiritual tortillológica, no quisimos marcharnos de El Cañón. Pedimos albóndigas de calamares con salsa de marisco y sus correspondientes papas fritas (espectaculares), y por último, una ración de pulpo del mismo Cádiz, que nos encantó.

Por fín, el cocinero-comparsista Luis Ripoll asomó unos minutos la cabeza por el torno de la cocina. Me hubiera gustado entonces agradecerle su buen trabajo tortillológico dedicándole un cuplé, pero solo me salió una frase en prosa de lo más pijo. Aun falta mucho para el carnaval, pero confío en aprobar la licenciatura antes de febrero. Esta deliciosa tortilla se merece un buen tango. Y un camarero que adivine tus deseos es digno de un antifaz de oro.