La organización Intermon Oxfam ha realizado una encuesta en diecisiete países, en la que más de la mitad de los encuestados dice haber cambiado su alimentación en los últimos dos años. De hecho en España el dato es agobiante: un 5% de los encuestados no tiene ni para comer diariamente y el 46% ha cambiado sus hábitos alimenticios; un 33% por motivos económicos y un 21% por razones de salud. Lo cierto es que muchas personas, incluso en países desarrollados, están comiendo menos y con peor calidad debido al aumento de precios. Esto es muy indignante, porque además, a medio o largo plazo, se resentirá la salud de mucha gente.

Ciertamente, la crisis está cambiando nuestras costumbres alimenticias, con los consiguientes problemas de salud, y en países supuestamente ricos como Australia, España, Alemania, Reino Unido y Brasil; aunque también en los pobres como Tanzania, Kenia o Filipinas, con mayores porcentajes. La demanda de alimentos está superando a la oferta, lo que hace aumentar los precios. Los ministros de Agricultura del G20 tienen prevista una reunión en Francia para tratar la crisis global de los precios de los alimentos, y pretenden involucrar a toda la sociedad.

Aunque la carestía de los alimentos preocupa al 66% de los ciudadanos, hay una gran diferencia entre países ricos y pobres; mientras que en los primeros su preocupación es que los alimentos sean nutritivos y saludables, en los países subdesarrollados su mayor desasosiego es tener o no acceso a los alimentos, es decir, a conseguir comer. En materia alimentaria la vida no ha cambiado mucho.

Cuestiones como el precio de alimentos y petróleo, los cultivos improductivos, el cambio climático, las injustas reglas del comercio internacional, el declive de los mercados, el acaparamiento de las tierras por multinacionales y gobiernos, son según Intermon Oxfam las claves de esta grave subida en los precios de los alimentos, cuyo mercado mundial manejan solo unos pocos. El proyecto CRECE, coordinado por Intermon, busca producir alimentos de manera más justa y sostenible, haciendo que los gobiernos se impliquen de manera urgente en la reforma de las políticas actuales. La crisis -o mejor dicho, el egoismo y la injusticia- es cruel con nuestra dieta y por tanto, también con nuestra salud, pero es mucho más despiadada con los que no tienen asegurado el sustento vivan donde vivan.