La calle Santísima Trinidad en Cádiz, perteneciente al entonces barrio de las Escuelas, pasó a denominarse Magistral Cabrera, mediante un acuerdo de 17 de abril de 1855.. Hablamos de la vía que linda con el Seminario de San Bartolomé, anejo a la iglesia de Santiago, fundada por los jesuitas, y que desemboca en la plaza de la Catedral y en la calle Obispo Urquinaona. Y es que en el número 7, acogió hasta su muerte a un ilustre vecino: Antonio Cabrera y Corro, nacido en la cercana villa de Chiclana en 1763 y fallecido en 1827, conocido como el Magistral Cabrera.

Hijo de unos humildes panaderos, a los once años aún no sabía leer; vendía pan en el mercado de Chiclana, mientras recibía clases de latín de los Capuchinos Calzados del convento de San Telmo. Su extraordinario talento llegó a oídos del penitenciario de la Catedral de Cádiz Don Cayetano María Huarte, quien le proporcionó una beca  para estudiar en el Seminario Conciliar de San Bartolomé, en donde cursó Filosofía y Teología durante 7 años, consiguiendo el puesto de Catedrático de Filosofía, graduándose como Maestro de Artes en la Universidad de Sevilla y alcanzando el doctorado en Filosofía por la Universidad de Osuna. Cabrera además dominaba varios idiomas.

Fue un naturalista ilustrado, se dedicó al estudio de materias muy diversas, entre las que cabe citar: Lengua, Anatomía, Fisiología y sobre todo, Botánica, una especialidad en la que alcanzó una notable celebridad y que cursó en el antiguo colegio de San Fernando, hoy Facultad de Medicina. Gracias a sus estudios, un tipo de alga, el Mucus Cabrerae Clem, descubierta en Sancti Petri, lleva en su honor este nombre,  y siendo designado miembro de la Sociedad Botánica de Lemdem (Suecia). Escribió “Lista de los peces del mar en Andalucía” y “Lista de Aves”. Intelectual y estudioso, fue también Interventor de Hacienda, Comisario de Guerra y Examinador Sinodal. En torno a él se formaron discípulos notables, entre los que sobresale el célebre prelado y orador Juan José Arbolí.

Ocupó el cargo de capellán de los dos batallones de Voluntarios Distinguidos de Cádiz durante la guerra de la Independencia; y de cura del sagrario de la Catedral de Cádiz y canónigo magistral por oposición (1801), ganada en reñida competencia al célebre escritor y sacerdote sevillano José María Blanco White.

Siendo un notable orador, Cabrera tuvo el honor de predicar la primera misa celebrada en la chiclanera iglesia de San Juan Bautista, en su inauguración el 25 de junio de 1814. Ayudó ejemplarmente contra los efectos de la fiebre amarilla que asoló a la población, y representó al Cabildo eclesiástico en la Junta Patriótica que obligó a capitular a los franceses, ayudando a normalizar la vida en Cádiz tras los primeros años de la guerra.

El periodista José María Otero en el Diario de Cádiz alude a la prédica que días después de promulgarse la Constitución de 1812, debía pronunciar en la Catedral el padre Cabrera, de conocidas ideas realistas. Le escuchaban autoridades, milicia nacional y pueblo, todos pendientes de sus palabras. Cabrera comenzó diciendo: “una Constitución sabia y mal dirigida….” Pero no pudo seguir, ya que desde los bancos de los milicianos lo increparon duramente y el magistral tuvo que abandonar la Catedral escondido en el interior de un coche de caballos.

El hecho más culminante de su vida fue el 30 de mayo de 1808, cuando las frenéticas turbas arrastraban al general Solano para conducirlo a la horca, (siempre levantada en la plaza de Isabel II, hoy San Juan de Dios), en uno de los episodios más vergonzosos de la ciudad de Cádiz. Solano, acusado de afrancesado por el pueblo fanático, fue sacado a golpes y empujones de su casa de la hoy Plaza de Argüelles. Cabrera, asiste al momento en el que una mano amiga clava a la víctima una espada en el corazón, para evitar la deshonra de una muerte vil a tan alto personaje. Una vez calmadas las turbas, el Magistral consigue rescatar el cadáver, velándolo en la Catedral nueva –entonces en construcción-, y dándole cristiana sepultura al día siguiente en el cementerio de Cádiz.

Dicen los escritos que la cualidad más brillante del Magistral Cabrera no era ciertamente su talento, ni su instrucción, ni su elocuencia, sino el constante ejercicio de las dos primeras virtudes cristianas: la humildad y la caridad, llegando a repartir limosna de su propio ajuar, por carecer ya de dinero. El 9 de enero de 1827 falleció Cabrera, a resultas de una pulmonía, celebrándose su entierro con inmensa concurrencia. Sobre su lápida, se halla escrito este epitafio, debido –al parecer- a uno de sus ilustres discípulos, Juan José Arbolí, obispo entonces de la diócesis: “Pertransiit benefaciendo”. Aqui yace el polvo del hombre benéfico, del sabio modesto, del virtuoso sacerdote, del Magistral D. Antonio Cabrera. Alumnos de la sabiduría, no borren vuestras lágrimas este epitafio; puedan también leerlo y llorar sobre él los pobres de Jesucristo».

En la finca número siete de la calle Magistral Cabrera hemos nacido gran parte de nuestra numerosa familia Fedriani (mis primos, mis hermanos y yo misma), concretamente en la planta segunda. En ella, en el ala izquierda de aquel inmenso piso, vivió y murió mi tía Eloisa (la mayor de los hermanos), en una pieza con dos balcones a la calle. El de la derecha en la fachada, correspondió al dormitorio del Magistral Cabrera, según me cuenta mi familia. Fue un honor para nosotros haber compartido el espacio, cien años después, de un gaditano ilustrado, culto y ciudadano de su tiempo, que tuvo la suerte de ver nacer la Constitución de 1812.

Bibliografía: Calles y Plaza de Cádiz, de Guillermo Smith Somariba (1911). Nomenclátor de las calles de Cádiz, de Manuel de la Escalera (1856). Diario de Cádiz, José María Otero.

(Éste ha sido mi post número 1000).