Un Jefe de Recursos Humanos que conocí denominaba  “neto garbanzos” al líquido de la nómina, es decir, al dinero que te llevabas a casa –o a tu cuenta- tras los implacables descuentos de todo tipo que mermaban la cantidad inicial que valoraba tu trabajo. Es decir, de algún modo, se hacía hincapié en la cifra que destinaríamos –entre otras cosas- a la alimentación. Está claro que el concepto garbanzos se refiere a nuestras necesidades básicas desde siempre, tomando como referencia a las clases más pobres. Hoy, con la crisis, el simpático término neto garbanzos de los haberes nuestros de cada mes falta en muchos hogares por causa del desempleo. Un auténtico drama.

Y es que además, recibí hace algún tiempo una presentación dedicada a los efectos benefactores de los garbanzos. Al parecer nos liberan del colesterol, producen serotonina, la hormona de la felicidad, contribuyendo a un estado de bienestar, gracias a un aminoácido que contiene. Vamos, que están considerándose como antidepresivos. Como gran defensora de las legumbres, insisto en la necesidad de consumir garbanzos al menos una vez por semana. Y propongo no abandonarlos en el verano. En ensalada están estupendos.

Los garbanzos, de nombre cicer arietinum, contienen proteínas casi como la carne, además de almidón, lípidos, ácido oleico, hierro y fibra. Se conocen en el mundo más de 40 variedades, teniendo su origen en Turquía. La India es el mayor productor –con mucha diferencia- del mundo. Los garbanzos necesitan la climatología primaveral, con pocas lluvias, ya que resiste muy bien la sequía. Además, una vez recolectados, la tierra debe descansar de 3 a 4 años.

No sé si los aminoácidos de los garbanzos nos pueden quitar la tristeza o la depresión, hacernos más felices, pero sí estoy segura que el “neto garbanzos” de la nómina legalmente ganada en un puesto de trabajo, seguro que podría traer felicidad a muchos hogares.  Por ello, a diferencia de lo que indico en el titular, el orden sería: trabajo, garbanzos y felicidad.