Mi colegio: recuerdos personales

“Durante la dictadura de Franco todo era moderno menos el régimen”, decía en una reciente entrevista en Diario de Cádiz el ex vicepresidente del gobierno con UCD, Rodolfo Martín Villa. Y creo que lleva razón. Mi colegio, la Institución Generalísimo Franco de Cádiz, fue un gran centro de enseñanza abierto en la década de los 60, bajo los auspicios de la Excma. Diputación Provincial de Cádiz.  Alrededor de 2.000 niñas cursaban anualmente allí estudios de enseñanza primaria, bachillerato (elemental y superior) y formación profesional. La preparación académica y profesional que ofrecía el colegio era excelente, a tenor de la facilidad con que encontrábamos empleo a veces antes de finalizar el último curso. El centro estaba equipado con las últimas tecnologías (por ejemplo, un laboratorio para el aprendizaje de idiomas, ¡hace cincuenta años!). Hoy solo queda el gran solar de su antiguo edificio, a la espera de edificar en él la prometida “Ciudad de la Justicia”.

Recuerdo que tras pasar por el parvulario en el Colegio Carola Ribed (dónde desayunaba leche en polvo), es decir, a los seis años, ya había hecho la primera comunión, sabía leer y escribir, sumar y restar, algo de multiplicar y podía leer el Diario de Cádiz (cosa que me encantaba); Por eso, al ingresar en la Institución (como llamábamos al colegio), pasé directamente al segundo curso de primaria. Aún recuerdo cómo saludamos en cierta ocasión a Doña Carmen Polo (esposa de Franco), a bordo de un elegante coche oficial, abandonando el colegio tras una breve visita.

Y es que la Institución Generalísimo Franco fue un gran colegio. Aparte quedaban otros centros digamos elitistas –como las Esclavas-, en dónde estudiaban los apellidos más conocidos de Cádiz. En el nuestro aprendían niñas de todas las clases sociales –absolutamente todas-, unas en régimen de internado, otras externas (como yo) y creo que también hubo mediopensionistas, es decir, que almorzaban en el colegio. Y gran parte del alumnado –y yo misma- estudiaba con becas del P.I.O. (Principio de Igualdad de Oportunidades).

En cuanto a mis recuerdos, entre los más antiguos están el cadáver de una alumna –de unos ocho años-, amortajada con su traje de primera comunión sobre una mesa a modo de ataúd, mientras era velado por su madre y hermanas, junto a la enfermería. Al parecer falleció por leucemia. También recuerdo la biblioteca, donde yo buscaba libros de sociología (no sé por qué me dio por eso), y la excelente capilla ¿dónde andarán las bellísimas vidrieras?. Y el respeto que me imponía el primer uniforme de las monjas, con una toca rígida alrededor del casquete, que además cubrían su rostro con un velo negro para asistir a los cultos. Y Sor Leonor Lorenzo, tocando el piano, sor Ernestina, la primera superiora, y sor Caridad, monja muy preparada intelectualmente, ambas cubanas, que huyeron tras la revolución de Fidel Castro. Es digno de mencionar el mal carácter de Sor Basilia, la portera, de la que supimos que era viuda, lo que confesó con lágrimas en los ojos. No olvido a Sor Remedios Jurado, gran profesora de matemáticas, Sor Ángeles, de trigonometría, y he tenido el placer de ver nuevamente a Sor Olegaria, la más humana de todas ellas, que aún lo sigue siendo, en el comedor social de María Artega; ella ha actualizado su capacidad de entrega según los problemas de hoy.

Y aún tengo en mi memoria las clases de gimnasia con la profesora Maria Luisa Carlier, que a sus cerca de 50 años estaba estupenda, y a la señorita Liliane, que nos enseñó taquigrafía inglesa mientras desprendía un caro perfume francés.

Y cómo no citar a mis profesores de inglés y francés (ambos militares, con su uniforme reglamentario). Y Don Enrique del Castillo, profesor de organización y administración, que falleció no hace mucho, director del colegio, una gran persona. Y en un lugar muy especial tengo a la profesora Josefina Pintor, que me hizo amar la literatura, la crítica literaria, la poesía, la novela y sobre todo el teatro clásico. En el colegio nos enseñaron a aprender, a tener curiosidad e inquietudes por las cosas que nos rodeaban. Cuando empezábamos a trabajar, nos decían que teníamos “escuela”.  Y todo ello en una época, los sesenta, en la que las mujeres leíamos poco, y éramos solo esposas y madres en potencia. Pero gracias al colegio, nos incorporamos a los mejores puestos de trabajo en la administración, la empresa privada y sobre todo en las entidades financieras. Otra cosa es la filosofía de la educación que nos dieron, por desgracia totalmente acorde con el régimen, incluida la influencia de Falange.

Veo en Facebook que la gran mayoría de las antiguas alumnas que publican allí pertenecen a promociones posteriores. Pero no importa, desde octubre de 1962 hasta junio de 1972, fueron diez años los que viví en aquel gran edificio, moderno, organizado y con los mejores profesores. Y además, junto a mi amiga Mari Carmen, tuve la suerte de salir al extranjero para hacer cursos –en época de Franco todavía- , gracias a la beca que nos concedió la Diputación.

Por ello, gracias a Diputación por haber creado algo bien hecho, a las ganas de trabajar de entonces, y al cuidado que pusieron en ello. El colegio sigue en mi corazón.

(Continuará)