Poniente desagradable en Cádiz, pero que limpia y da esplendor, porque permite ver con nitidez 

el lejano faro e incluso la lejana Rota. Fuerte oleaje y “borreguitos” en las aguas, admirados por los madrugadores turistas de mapas. Hoy es el día, tal como hace 256 años, un primero de noviembre el barrio de La Viña estuvo a punto de sucumbir bajo las olas. La calle La Palma está atenta, engalanada por ser su gran día. De momento, todos en la pequeña iglesia; la misa comenzó a las nueve, llena de representantes cofrades de traje oscuro y camisa clara. Hay megafonía para los de fuera.
 
Son las diez y desde el templo, se pone en marcha la procesión, tradicional, conocida por todos ellos. El crucifijo es el mismo de hace 255 años. Una bella joven comienza el rezo del rosario mientras su chal y su pelo se mueve con el fuerte y húmedo viento, lo que la hace aún más bella. La casulla del sacerdote también parece antigua. Es un desfile silencioso, solo interrumpido por el rezo. Los vecinos lo han visto muchos años, pero ahora hay fotógrafos en la calle y en los balcones. El cortejo es elegante, sobrio y lleno de sentido. Recorre calles de viviendas humildes, con cables en fachada sin acabar por falta de presupuesto o por falta de interés. Las vecinas del barrio, tal vez pensionistas, quisieran ser mileuristas y se han arreglado en la peluquería. Otras salen en bata a los balcones y miran en silencio. Las tiendecitas de alimentación ya están abiertas. La Viña sabe que depende del mar. Hasta aquí llegaron las aguas…
 
El frío nos sigue acobardando. En cinco minutos alcanzamos el Campo del Sur, la explanada de Paco Alba. Es un día luminoso, más intenso que nunca, y ya estamos frente al mar. ¡Qué bien huele Cádiz!. Los turistas siguen contemplando la playa. Los castillos de San Sebastián y Santa Catalina nos saludan altivos. Dos policías locales cortan el tráfico. Unas cien personas se han reunido para un acto especial, de protocolo espiritual, obligado. Un acto de amor, de tradición, tal vez de sometimiento, tal vez de generosidad y devoción, y, como dijo el padre Fructuoso Antolín en cierta ocasión, fruto de una “fuerte experiencia de Dios” en el barrio, dejando la palabra milagro para quien la sienta.
El párroco recita en alto las mismas palabras dedicadas al mar: “el que provee de peces, alimentos para los hombres…”, siempre a nuestro lado, al lado de Cádiz; suplicamos que sea nuestro aliado, no nuestro enemigo. Las fuertes olas que rompen en los bloques de hormigón o sobre la arena, parece que están escuchando. Momento mágico, sublime, de admiración por la furia de la naturaleza y por algo que está más allá del horizonte. Momento único, sobrecogedor, de recogimiento espiritual, de un alto en el camino sobre las olas. Al mar, a nuestro mar, pedimos respeto en nombre de Dios. Al mar lo que es del mar. Agua bendita sobre La Caleta, vuelta a la parroquia y silencio en los rezos. Por la tarde saldrá la Virgen Chiquita por el barrio. Los turistas caleteros no ven nada en sus mapas. Y eso que llevamos 256 años…¡Es mucha Viña!

Aquí va la Salve Viñera, con la música del tanquillo de Los Anticuarios.El sonido no es demasiado bueno, pero corresponde al Coro Parroquial Nuestra Sra. de la Palma, que viene cantando la misa gaditana cada 1ª de noviembre desde el año 1975, en la iglesia de la Palma..