La playa en otoño en Cádiz da mucho de sí. Ya fuera de temporada, cuando se han suprimido los módulos de servicios municipales (duchas, vestuarios, fuentes, carpas, información, vigilancia e incluso chiringuitos), aflora otra playa, más humana y doméstica, la de los propios gaditanos, que la usan como si fuera más suya que nunca. Veamos tres casos:

Portería marinera.- El grupo de futbolistas “barrigones”, queda todos los sábados para jugar –en verano a eso de las 10 de la mañana- y en estos meses fuera de temporada sobre las 11. Las equipaciones son cada una de su padre y de su madre, pero ellos se distinguen entre equipos sobre la arena dura de la bajamar. Una vez vimos un espectacular paradón de su portero, aunque eso sí, la incorporación del mismo necesitó la ayuda de todo el equipo… pero él había cumplido. Mucha edad. En esta ocasión, pudimos comprobar cómo había mejorado sensiblemente el diseño de la portería de su campo playero, que sobre dos palos de madera, recrea la red reglamentaria con los flotadores usados en las redes de pesca.

Carro-Vela: así se llama este deporte naútico-terrestre. El fin de semana pasado un grupo de aficionados se concentró junto a El Chato para practicar un deporte que debe ser una gozada: en un vehículo bajito y cómodo para el conductor a modo de fórmula-1, colocas una vela de grandes dimensiones. Y así, aprovechando viento suficiente y bajamar, te das unos paseos por la playa que son de lujo. Entre los usuarios del Carro Vela, había gente joven, otros no tanto, y chavales adolescentes, cuyos padres ayudaban en el fácil montaje del vehículo. Es la primera vez que lo veo.

Sillitas de ruedas.- Vemos muchas por el Paseo Marítimo, pero no me atrevo a fotografiarlas por respeto. Son muchos los paseados en sillitas de ruedas: muchos ancianos, pero también algún que otro joven discapacitado, que es dirigido por sus padres. Me llaman la atención sus paseos pausados y silenciosos, con caras tristes, junto a tantos que podemos andar por disfrutar. La vida en sillita de ruedas, me hace pensar en el mucho tiempo que habrán necesitado estas personas para arreglarse y acomodarse en esta sillita, y presentarse con cierto decoro en la calle. Luego, todos, bien en sillita de ruedas, corriendo tras el balón o dando alas al viento, compartimos la misma playa. Tres velocidades distintas para un mismo espacio.