En el mercado de abastos de Cádiz, en agosto, aún ha seguido entrando el atún de almadraba, el rojo, el mejor. Me atendió –como siempre-  Fernando Coucheiro, un puesto de esquina. Al estar yo sola en ese momento, aprovecho para preguntarle por el pasado y la situación actual de la pesca en nuestras almadrabas, porque es algo que me interesa, que me atrae, que valoro, y porque siento adoración por su larga historia, su implicación en nuestra cultura costera, su influencia positiva en el medio ambiente, el mantenimiento de puestos de trabajo y las pasiones que conserva.…

Pero también Fernando me contó su historia, la de su padre, hoy fallecido. Llega de Galicia aún pequeño, trabaja en tiendas como tantos otros niños-hombres, de chicuco, y a los doce años ya es encargado del establecimiento. Pero tiene sueños, proyectos, y se hace armador, compra barcos de pesca, -de madera entonces- y se hace importador de pescado y marisco, y monta nave en Cádiz como almacén. Todo un maestro de la industria del mar. Vibra con la pesca y crea una plantilla estable, la de Hermanos Coucheiro.

Pero los años, la salud, quiebran lo emprendido y a veces los otros no dan el cariño que las cosas requieren, y por eso vienen los fracasos, y las deudas, y la ruina. Pero, incluso con las dolencias, él se levanta, y da la cara, y mientras llora, decide y planifica cómo salir de eso, y liquida, paga y cumple. Y hoy, solo su hijo menor Fernando vive junto al atún, como minorista del Mercado Central de Abastos de Cádiz, el llamado Mercado de la Libertad.

Me tira el mercado, me atraen sus buenas mercancías, las conversaciones con los tenderos y más aún las historias con peso, con años de trabajo, de esfuerzo, de honradez y de cariño, que al fin y al cabo es lo que hace levantar las cosas, a pesar de que entonces nadie presumía de la lucha que llevaba por delante.

El atún que está sobre el mostrador de Fernando no es solo un cacho de pescado –fresco o congelado-, es algo más, por eso sus manos lo acarician, lo miman y lo ofrecen al cliente sabiendo que tiene una joya entre los dedos.

Atún, barcos, naves, levantás en almadrabas y en el destino de los hombres, que mueren con la tarea hecha, como el túnido, que en su plenitud puede ser capturado en las redes que le llevarán a otra vida, ya eterna. Y hombres que dejan su curriculum impecable para que la historia milenaria del atún continúe sin mancha.

Gracias, Fernando.