Antes de las ocho –y en verano antes de las siete- los veo en grupitos andando o saliendo de sus furgonetas, preparándose para entrar en la obra con sus monos blancos aún manchados de pintura o salpicados de mezcla. Todos llevan el mismo modelo de nevera de playa gaditana azul, que me encantaría abrir para ver su interior. Supongo que ninguno ha preparado su almuerzo, sino sus mujeres o sus madres, que para esas cosas no hay más que unas.

Pero como en este caso la obra lindaba con el edificio en que trabajo, y además conocía a la empresa contratista, les pregunté que tenían aquel día para almorzar, pues era para publicarlo en un blog. Sin dudarlo, abrieron la tapa de la nevera-canasto y me mostraron el menú. Unas albóndigas en salsa muy dignas, en una clásica fiambrera de acero inoxidable y algo de embutido. La foto, como puede comprobarse, no es de calidad, por la mala iluminación del local en reforma. Pero eso sí, estos currantes estaban muy contentos con lo que tenían para almorzar.

A eso de la una de la tarde –al menos por Andalucía- en las obras se hace un alto en la tarea, se bajan de los andamios, se arrinconan sacos de cemento, palustres, losas, latas de pintura y brochas y toda clase de herramientas, incluyendo el obligatorio casco que prescribe el estudio o proyecto de seguridad. Entonces los hombres de la cuadrilla suelen juntarse en el lado más fresquito de la obra, sentados en el suelo o en un escalón oportuno, y junto a las botellas de agua o refresco, dan buena cuenta de su almuerzo. Siempre observé a estos grupos currantes muy contentos, hablando de fútbol, bromeando, mirando a las chavalas al pasar. Creo que en general no conocen la depresión.

Durante varios años hemos atravesado el sevillano barrio de Santa Cruz por la mañana y por la tarde, con calles cortadas, andamios montados, pavimentos abiertos, canalizaciones descubiertas, rejas en restauración, cubas llenas de escombros, e incluso algún tráiler o camión hormigonera tapando la calle. Ir y volver de nuestro trabajo era una auténtica gymcana con obstáculos. Es que durante este periodo se reformó gran parte del caserío histórico de Sevilla. Hoy la crisis ha roto esa tendencia y solo se ven locales cerrados y mínimas obras. Y estoy segura de que habrá muchos albañiles deprimidos en el paro o sin haber cobrado por su trabajo.

No obstante, siempre era una alegría verlos por la mañana con su canasto o nevera (en Cádiz se le llamaba costo). Almuerzo –sin mesa ni silla- pero con el justo aliciente de haberse ganado el pan.