Día difícilillo en la oficina. Las cosas más tontas se hacen complicadas y revientan la confianza que supuestamente tenemos unos en otros. Al final, para nada. Pero cada uno lo vive a su manera, libertad que se llama eso.
 
La cocina me espera con un pisto para mañana martes. Demasiada verdura sobrante del fin de semana y hay que aprovecharla como sea. El blog me mira de reojo, no está muy tranquilo con lo que hoy voy a escribir, porque me ve algo melancólica.
 
Esta tarde nos ha visitado un joven comercial en nombre de una gran suministradora eléctrica, de ésas que tienen una letra pequeña insufrible en sus pólizas. Era su segundo día de trabajo, y por su edad podía ser nuestro hijo, que aunque todavía estudiante, a veces reparte folletos de publicidad.
 
El caso es que la oferta del joven no era demasiado atractiva y no nos ha convencido. Pero nos ha dado pena del muchacho, son duros sus comienzos, llamada de puerta en puerta, gente que no contesta, gente que no está, gente que no quiere atenderle, y gente que no va a dejarse convencer.
 
Muchos de nuestros hijos, pasados ya los veinte, están empezando bien como repartidores de pizzas, de diarios gratuitos, como vendedores principiantes o simplemente explotados en alguna gran firma multinacional. Tal vez ya no nos acordamos de nuestros comienzos, o tal vez no fueron tan duros, o tal vez sí. Ya olvidé todo eso. Se trata de iniciarse, de madurar, de coger experiencia en el mercado de trabajo. Ése ha sido mi pensamiento positivo. Pero eso no nos quita de pararnos a pensar y preocuparnos por el futuro de nuestros hijos, sobre todo cuando tienen auténtica voluntad de trabajar. Respeto para ellos.
 
Me alegro de tener un blog que escuche mis tonterías. Los peroles también me soportan. Mañana tal vez todos estemos de acuerdo en la oficina, porque el alma necesita serenarse de vez en cuando. El pisto, al menos, ha salido estupendo.