Es cierto lo que dijo Oscar Wilde: “La vida es demasiado importante para tomársela en serio”. Y el trabajo, por supuesto, también lo es. El próximo 8 de abril será el Día Internacional de la Diversión en el Trabajo, y me parece una de las celebraciones más acertadas de entre tantas conmemoraciones que aparecen últimamente en las agendas de los medios de comunicación.
Hace unas dos semanas asistí a una conferencia titulada “El sentido del humor: un paraguas ante la adversidad”, impartida por los doctores Eduardo Jaúregui y Jesús Damián, fundadores de la consultora de formación “Humor Positivo”. En la ponencia se facilitaban claves para afrontar con buen humor los momentos difíciles de la vida, concretamente en las jornadas laborales, en las que pasamos gran parte de nuestra existencia.
Como ejemplo, los conferenciantes –siempre de pie- contaron la experiencia de un barco encallado en el Polo Norte y con muchos tripulantes, cuyo capitán los mantuvo jugando y haciendo ejercicio físico para evitar congelaciones. Pero más tarde el barco se rompe y entonces el capitán pide a sus hombres que conserven solo un kilo de equipaje. Entre los objetos conservados estaba un banjo, instrumento con el que todos y cada uno tenían que componen e interpretar una canción semanal, con una letra en la que se reía de alguno de sus compañeros. La actividad cómico-musical les salvó la vida.
Se trata de la necesidad de desarrollar el sentido del humor, sobre todo para el grupo con el que se trabaja, y reírse de los demás, pero con la participación de ellos. Y una palabra clave, cuando recibimos una mala noticia, responder: “Pero afortunadamente……”, pues a continuación iría una frase optimista que arreglaría de un plumazo la contrariedad anunciada.
Afortunadamente, en mis muchos años de trabajo he tenido la suerte de reírme mucho, muchísimo. Primero, porque las dos primeras empresas dónde trabajé eran gaditanas, con lo que la chispa de la gente de la plantilla era genial, dándose situaciones surrealistas de risa espontánea, que hacían pasar mucho mejor los malos ratos, porque redefinían las circunstancias con un enfoque cómico y de autocrítica. Además, fue en esos tiempos en los que más y mejor he trabajado. Aún hoy me sigo acordando de muchas de esas anécdotas, y con ellas podría escribir un libro, o tal vez un blog.
Y la risa, o el simple buen humor, debería estar con nosotros a diario, porque facilita nuestro trabajo, suaviza nuestro estrés y, lo más importante, une a las personas, lo mismo que el dolor. Hay compañeros de trabajo que son capaces de crear humor y de compartirlo, tan importante es lo uno como lo otro. Apreciar dónde está el sentido del humor es un trabajito fino, pero de lo más útil en la vida.
Y como imprescindible guiño gastronómico, ya he dicho en alguna ocasión lo importante que es llevar algo de comer al trabajo: dulces, bizcochos, pastelillos, etc.; el compartir estas pequeñeces fomenta el buen rollo laboral, lo digo por experiencia.
Dicen que no hay pruebas fehacientes de que el humor tenga efectos analgésicos, reduzca el estrés y las emociones negativas y se asocie con mejor salud mental, pero yo sí lo tengo clarísimo. Y lo primero es aprender a reírse de uno mismo, para conservar nuestro equilibrio frente a tantos avatares más o menos crueles derivados de organigramas, traslados, defenestraciones, fracasos, desmotivaciones, etc. en el trabajo. Pero es difícil divertirse mientras se está en el paro; para eso sería necesarias muchas ponencias.