Hola a todos. Soy la cocina, la de verdad. Soy el hardware de este blog. Estoy formada por diversos elementos como placas o fogones, campanas contra humos, hornos (convencional y microondas), sitios para almacenar y conservar (nevera y muebles), e infinidad de cacharros para guisar (baterías) y guardar los alimentos en su estado crudo o preparado, y para servir en la mesa; y también, un sitio para limpieza, con los fregaderos de toda la vida, con agua corriente y un escurridor, o bien con el moderno lavavajillas.
Soy la madre cocina, no solo por la cantidad de tiestos que coordino para preparar la comida, sino también porque en esta tarea, acompaño al cocinero con absoluta entrega, interiorizando todas sus sensaciones: el esfuerzo, la prisa, la ilusión, el arte, la calidad, pero también la desgana, la rutina o la desorganización. Y hasta ahora he permitido que algunos de mis empleados hable de sus cosas con libertad en Comeencasa (nevera, lavavajillas, paño de cocina, peroles….) pues a todos doy autonomía. Pero hoy hablo para expresar mis quejas. Os cuento.
Aprovechando el fin de semana, los hijos jóvenes de esta familia, estudiantes (eso dicen), se han reunido en casa para preparar exámenes (eso dicen), y, en lugar de consumir la comida preparada para ellos, el joven anfitrión ha elaborado otras preparaciones a discreción, a su aire, amén de pedir una pizza (cosa muy habitual entre los jóvenes cuando salen los padres).
La cosa no tendría mayor importancia, si no fuera porque al volver a casa, la cocinera se vio sin patatas, cebollas ni huevos. Y para alguien que trabaja, el desavío es total, pues el domingo deja poco margen de improvisación para las comidas ya planificadas. Vamos, imposible guisar unas patatas con carne.
A mí eso de entrar en mis dependencias (ya sé que soy muy cursi) utilizando sin permiso las existencias de ingredientes (es decir, por alguien que no cocina habitualmente) me parece una total falta de respeto. Mi labor es colaborar con el que guisa, como responsable de la alimentación familiar. Pero lo de estos chavales ha sido un atraco a mano armada, por sorpresa y sin que yo me pueda oponer. Evidentemente, no hizo falta avisar al CSI para investigar lo ocurrido en mi interior durante el fin de semana.
Y pongo aquí mi discurso, porque sé que esto ocurre en muchas casas, en las que el cocinero/a, casi siempre falto de tiempo por sus obligaciones laborales, se encuentra desaviado cada vez que sale de casa, sin tiempo para reponer. Aquí la historia terminó con la reposición de lo sustraído por parte del mangante involuntario.
Desde aquí animo a padres y adultos a llamar al orden muy seriamente a los hijos, (que están muy faltos de disciplina y de cosquis por cierto), para que valoren, cuiden y traten con el debido respeto este santo lugar, auténtico templo de salud y bienestar, y pidan permiso antes de coger nada de allí. Por supuesto, esto incluye el tema de dejar la cocina tal como se la han encontrado en lo que a orden y limpieza se refiere. Da igual que yo sea pobre o rica, antigua o supermoderna. Hay que respetar la cocina, que aunque sirve a todos, es de quien la trabaja, como el campo.