Ansiedad carnavalesca a flor de piel. Tó el pescao vendío para la final del Teatro Falla. En el Casino Gaditano el jueves, pasadas las ocho y media no cabía ni una palabra de más. Estaban todos los carnavaleros serios (o comparsistas). Y la estrella a homenajear, Antonio Martín con su gente, favoritos de un primer premio. Se presentaba el Cd “Así canta nuestra tierra en carnaval”, dedicado a este autor, con sus mejores coplas.
Las serpentinas colgando del primer piso se comían el estilo burgués del patio neomudéjar del siglo XIX. La voz de la calle, el paro de siempre, el sueño que distrae, triunfo por absorción. Un año más se hace posible una fiesta en la que el pueblo manda, con letristas, poetas y críticos. Tú puedes ser chirigotero sin título oficial, y cantar lo que te dé la gana. Esto es carnaval.
Empieza el acto. Sobre el justo tablao autoridades representantes del Ayuntamiento, de la Diputación y de Cajasol, que patrocina, lo más importante. Antonio Martín no se deshace de su sombrero, dice que le trae suerte. La comparsa de Antonio –este año Los Caballeros de la piera redonda, en formación pero con traje de calle. Hasta después de la final no pueden enfundarse el tipo (disfraz, vamos) para actuar.
Demostración de sangre de comparsista: cantar, criticar, quejarse, homenajear con sentimiento. Y el formato no es siempre para todo el mundo. El de la guitarra, un monstruo. Tengo la suerte de estar en primera fila de pie, como todos, y escucho la presentación de la comparsa, con voces perfectas y perfecta coordinación. Pero creo que no soy comparsista, lo siento.
Allí estaba toda la familia del carnaval, nunca mejor dicho, niños con sus padres, colocados delante, sin perderse una nota musical. Eso se llama herencia carnavalera. Cantan un par de pasodobles y el último dedicado a La Caleta. Aplauso incondicional de la gente allí reunida. Por cierto, también estaba la señora esa que grita siempre en el Falla eso de …”ole, ole y ole, y el que no diga ole que se le seque….” Y otras cosas por el estilo, que, bueno, estimo exageradas. Y a continuación, las palmas por tangos de los asistentes como colofón (a mí me salen muy bien…)
Y tal como me temía, empiezan a salir las bandejas con medias noches, lonchitas de jamón muy bien alineadas, taquitos de tortilla, etc. y otras con cervezas, (lo mío), coca-colas, manzanillas…. Y empiezo, como siempre, a saludar, gente nueva y gente de mi infancia, para eso soy de Cádiz. Pero, esta vez tenía una obsesión: una foto con Antonio Martínez Ares, que andaba suelto por el patio, y que tanto me había hecho disfrutar con su música y sus comparsas, aunque ya dejó el carnaval. No habrá otro como él.
Sí, no me atrae la comparsa, pero Martínez Ares me llevó a ella, me emocionó, me hizo vibrar con sus pasodobles, sus cuplés, sus popurrís, y sus poesías. Poesías que hablaban de Cádiz, de su interior, de su belleza, la que tuvo y la que conserva todavía. Versos inmateriales, pero reales como la sensibilidad misma. Gloria al coplero.
Martínez Ares me hizo cerrar los ojos y ver mi playa, recuperar el aroma de mis azoteas infantiles con zotal, y entornar la mirada ante el sol pegando en el azul del cielo con la ropa tendida, y la alegría de las plazas de mi niñez, donde ser amable no era una obligación. Me hizo recordar el espacio en donde las fachadas de piedras ostioneras y el dorado del interior de las iglesias vencían al paso del tiempo con la mayor dignidad. Cádiz, siempre Cádiz, ahí te lo mando con la marea…. Gracias por lo que nos diste Martínez Ares.
Imposible no ser gaditano con todo esto, la ciudad te envía mil llamadas, mil palabras, mil frases, mil recordatorios, tan fuertes y tan sutiles que te pueden del todo. Este patrimonio no lo tiene nadie. Ustedes perdonen mi atrevimiento.