Entre 1810 y 1812 sirvió a la España invadida por Napoleón convirtiéndose en sede del Consejo de la Regencia. El edificio, construido en 1760, mantiene aún su estructura barroca básica. El pasado lunes 25 de enero abrió sus puertas tras una reciente restauración, que incluía fachada, dependencias anejas con recreación y el retablo de la capilla, realizada con motivo de la celebración del Bicentenario de la Constitución de 1812. De este modo, el Colegio de la Compañía de María de San Fernando (Cádiz) se convertirá en un espacio museístico más dentro de la llamada “Ruta de las Cortes”, pues su interior alberga valiosa información sobre una época crucial en la historia de España. Espero poder visitar pronto este lugar. (Foto de la Voz Digital)
 

 

Pero el Colegio de la Compañía de María tiene alguna que otra vinculación con nosotros. Las hermanas de mi padre fueron alumnas en ese colegio en los años previos a la guerra. Recordaban que en el centro existían incluso pistas de tenis y un amplio huerto que cuidaban las monjas, entonces de clausura. También –en otra generación- estudiaron algunas de mis primas, que al ingresar debían aportar –entre otras cosas- su propio cubierto de plata.

 

Pero el recuerdo se hace entrañable y hasta místico, cuando evoco que allí estuvo como monja de clausura una tía de mi padre, llamada María Ángeles Pedrejón, que calculo nacería allá por 1893. Contaban que había ingresado en el convento con 18 años, tras enfermar gravemente de viruela, tanto que temían por su vida; y sobrevivió aunque su cara quedó inevitablemente marcada por la enfermedad, cuando empezaba a presumir. Decidió hacerse monja, aunque no tuvo dote alguno que aportar. Allí estuvo hasta que murió –en los años 70, y creo que fue la última que se enterró en la cripta del convento.

 

Recuerdo cómo una vez al año íbamos a visitarla al convento. Cogíamos el tranvía a San Fernando, que daba la impresión de caminar sobre el agua, entre la bahía y la playa. También divisábamos desde la ventanilla los esteros de las salinas, que resplandecían blancos de sal. Ya en el convento, se anunciaba nuestra visita, y al poco ella entraba en una salita o terraza preparada al efecto, con dos sillitas de enea y macetas alrededor. La tía María siempre tenía un regalo para mí: una pelotita de goma, algún muñequito de trapo… pero aún conservo un zapatito de plástico hecho y pintado por ella, preparado para colocar agujas y alfileres. Nuestra tía siempre estaba contenta, sonriente, y era de un natural bondadoso. También guardo su rosario y algunas cartas manuscritas.

 

Tras esta aportación familiar a la memoria del Colegio de la Compañía de María, cargado de arte e historia y hoy declarado edificio constitucional, animo a visitar la ciudad de San Fernando en este su año del Bicentenario, pues tiene mucho que ofrecer a los visitantes. La ciudad era una de las tres islas que constituían Gadir o Gades, para fenicios y romanos respectivamente, bajo el nombre de Antípollis. Y hay que recordar que hasta 1729, en tiempos de Felipe V, era un barrio más de Cádiz, nombrándose entonces su primer ayuntamiento, y que en 1766 pasó a llamarse Villa de la Real Isla de León. La llegada de los Borbones en el Siglo XVIII trajo a la ciudad una gran época de esplendor. La hora oficial del país se fija en su Real Instituto y Observatorio de la Armada.

 

La tía María Ángeles fue para nuestra familia un ejemplo de vida atípica, en un colegio emblemático dedicado a las jóvenes de la alta sociedad. Pero a nosotros nos dejó un ejemplo de bondad, humildad, respeto y dignidad en su vida dentro de la comunidad del convento de clausura, a pesar de su condición de pobreza. Según mi padre, el día de su muerte olía a rosas junto a su tumba. El zapatito que me regaló ha sobrevivido a los años (más de cuarenta) y continúa en mi costurero conteniendo agujas y alfileres.

 

Más información: la Voz Digital y Diario de Cádiz
 
Vídeo institucional Bicentenario San Fernando