Como soy tan cañí, me encanta comprar los productos propios de la temporada. Concretamente, por hacerme a la idea de este otoño tardío, pedí en el mercado una bolsa de castañas. También llevé nueces, pero éstas al parecer no tenían tanto pedigrí como sus compañeras.

Las castañas que adquirí eran de la variedad de “El Niño”, procedentes de la sierra de Cádiz. Por aquí están consideradas como el “pata negra” de las castañas. Y es evidente que son de muy buena calidad y que se pelan con mucha facilidad. Las localidades de Grazalema y Ronda, relativamente cercanas al mar, producen unas castañas fáciles de mondar, lo que las hace muy apreciadas.
Pero también es cierto que no podemos dejar de citar el potencial castañero de Huelva. Muchos lectores choqueros se me podrían molestar y con razón. Según mi asesor Chamorro, la provincia onubense produce tal cantidad de castañas que por lógica da lugar a la mayor proporción de castañas de una excelente calidad.
Galaroza, Castaño de Robledo, Corteconcepción (menor cosecha pero mejores), son algunas de las poblaciones productoras de castañas. Concretamente en el margen del Ríofrío florecen castaños centenarios (El arroyo de Riofrío llega al término de Cumbres Mayores, sirviendo su cauce de límite entre Cumbres Mayores y Encinasola durante unos 800 metros).
Comenta Chamorro que durante siglos hemos sido tacaños con la naturaleza, pues hemos plantado árboles con las semillas más baratas, con tal de aprovechar el terreno y obtener más beneficio. Es decir, castaños y encinas se han plantado al azar, sin una previa selección.
Las castañas en sus diferentes preparaciones son un producto ideal para consumir las tardes de otoño. Seguro que a todos nos traen recuerdos. ¿O no?