Aquí está la imagen, a falta de oir el rumor relajante de las olas, y de oler a brisa salinera: playa de Cortadura en Cádiz, playa de la libertad entre comillas, del alejamiento. Fue el último lunes al sol del año. Ya no me despertarán las gaviotas por la mañana, sino el silencio “administrativo” de mis vecinos.

Pero el balance ha sido bueno: gaditana de 1812, camarera con mi marido para niños bielorrusos, viajeros bélicos del vaporcito, tertulianos cara a cara con amigos blogueros (CasaL), descubridores de nuevos sitios de tapeo (La Taberna del Aviador, El Abanico del Arte), víctimas del golpeo placentero de las olas, y telespectadores solo de los informativos del mediodía (esto ha sido lo mejor).

He tenido un indigente durmiendo en mi portal junto al vino malo durante las noches cálidas, he seguido preocupada con la vista a jóvenes discapacitados paseando con sus padres ancianos, he oído cómo la señora de la sillita de ruedas escuchaba penas de su cuidadora sudamericana, he encontrado a los vecinos en los barrios al fresquito del anochecer y sin gastar, he visto apearse el glamour de una limousina en el barrio de La Viña, y he tenido la suerte de intimar con una librería de ocasión, Raimundo….
«¡Carril bici ya por toda la ciudad»!. He sido ciclista en la bicifestación gaditana del primer jueves de cada mes. He vivido la jubilación del que quizás fue el primer cura obrero de la España franquista, he estrenado sabrosas recetas, hemos hecho turismo callejero sin disfrazarnos, he cogido algo de color y solo un kilito, y he comprobado que los tomates son cada vez de peor calidad… que las averías traen conflictos a las comunidades de vecinos y que la obesidad se ceba en los jóvenes y la soledad en los mayores, aunque ambas se curen en la cocina.
Y además, prohibiremos las bolsas de plástico en casa, recibí como regalo un abanico con publicidad de un partido de derechas, tampoco me habría gustado si hubiera sido de izquierdas, yo solo quiero un abanico. Y está claro que las asistentas no tienen vacaciones en verano, y que es duro vender camarones en la playa. Y se me olvidaba que estrenamos la barra de la Velada de los Ángeles organizada por la cofradía de Afligidos en el colegio de La Viña.
Pero volver a las lentejas de los lunes, la peluquería, el cambio rutinario de sábanas y toallas es sin duda una buena noticia. Mis vestidos regresan a sus armarios centrales. Vengo cargada de libros sin sitio, he olvidado la oficina pero nunca desconecté de la cocina. ¡Vaya pareado!