Naturaleza, aire puro, árboles, niños entretenidos, sin discutir, todo bajo control. Los móviles y la Play tienen su horario. Y los padres en casa seguramente más relajados. Aquí todas las fotos salen bien, porque ni los perros hacen ruido, ni hay moteros maleducados ni catetos en coches-discoteca. Los campamentos de verano son la mejor opción para enseñar a los niños a descubrir un mundo bueno fuera de casa, incluso en la mesa.

 
En la sierra de Huelva, junto a la pequeña localidad de Cumbres Mayores, casi tocando Badajoz, se ubica el campamento Las Cabañas de Cumbres, finca campestre que organiza desde hace años turnos de estancia para escolares en el mes de julio (a través de la Fundación Cajasol), y el resto del año se ofrece tanto a alumnos como a familias en turismo rural. Unas quince cabañas, utilizadas tiempo atrás por los pastores, han sido primorosamente rehabilitadas para alojamiento. Su disposición en semicírculo las hace fácilmente controlables por los monitores. Un abrazo a Camino, la coordinadora.


Alejandra, que ha sido cocinera después de madre, por su trabajo al frente de los menús en Las Cabañas, se sabe todos los trucos habidos y por haber para que los niños y niñas de cada turno coman de todo y no dejen nada en el plato, para desgracia de los pobres cerditos que esperan las sobras de los platos.

En la cocina de este campamento, junto a dos ayudantes, se preparan los platos más variados: para desayunar, leche con colacao y tostada de pan de pueblo de verdad con aceite. (El pan, del horno de leña de la pedanía de Los Hinojales). El almuerzo puede consistir en puchero con verduras y hamburguesas con patatas, macarrones con tomate y un filete de lomo con ensalada, o potaje de garbanzos, o albóndigas con ensalada, o bien las socorridas lentejas con arroz y una chuleta. La merienda no se olvida: bocata auténtico con salchichón o mortadela y la cena lleva pescado y puré de verdura. Vamos, que dan ganas de quedarse allí.

La entrevista con la Chef de campamento lo dice todo: aunque el turno actual no tiene problemas para comer (pobres cerditos), es cierto que en otros los niños han extrañado algunos platos más que a sus padres. De hecho, algunos nunca han comido lentejas, ni han visto de cerca un puré de verduras, ni han probado los gazpachos, ni conocen el sabor de los garbanzos. ¡Madre mía! Nuestros hijos son auténticos analfabetos gastronómicos, además de estar poniendo en peligro su salud. Las posibles intolerancias alimentarias también están bajo control en la cocina del campamento, pues todo se tiene previsto.
Enhorabuena a profesionales como Alejandra por el esfuerzo realizado para hacer comer y enseñarles a algunos niños la diversidad de alimentos de los que afortunadamente podemos disfrutar. Es cierto que hay niños que no desayunan antes de ir al colegio, padres que solo les ofrecen lo que les gusta o que incluyen platos precocinados en su dieta. En resumen, no están educando a sus hijos en la alimentación, y la obesidad empieza a ser auténtica epidemia en la edad infantil.

Hace ya muchos años que mi hijo estuvo precisamente en ese campamento, donde según me contaron, se comía lo suyo y lo del compañero de mesa. Allí también escuchó, en una visita al pueblo, Cumbres Mayores, a un anciano de 102 años contar viejas historias y arrancarse por fandangos. Es que Huelva es mucha Huelva.