Este año hemos repetido la visita verdulera a Conil. Buscando nuevamente las habichuelas perdidas, reservamos 4 kilos de las llamadas habichuelas pías, una especie autóctona, antigua, hoy recuperada gracias al gastrónomo conileño Paco Vázquez. Paco tiene un puesto en la plaza de abastos municipal que atiende junto a su familia. Da gusto ir a verle, porque te va explicando las características de cada producto, con lo que la compra se convierte en una clase magistral y cercana de lo que ocurre en el campo, que a todos nos viene bien.

Os cuento: compramos de casi de todo: tomates de pera para el imprescindible gazpacho de esta época, peritos de mayo (los desconocíamos), ciruelas oscuras pequeñas pero riquísimas, y unas patatas rojas ecológicas, autóctonas, de la variedad respondia o algo así. Nos advierte Paco que este tubérculo va muy bien para cocer y aliñar, pero no en estofados, eso sí, para fritas son geniales (que tomen nota los enganchados).

Y el producto estrella, las habichuelas pías, ya están en mi congelador. Siguiendo las instrucciones de Vázquez, recorté las puntas y luego dividí por la mitad, y así las puse a congelar. Espero poder hacer con ellas varias cosas. Estas habichuelas son mucho más tiernas que las otras, con diez minutos de cocción tienen de sobra. Por cierto, nos llevamos las últimas de la temporada. (Se cuecen congeladas, con agua hirviendo).
El viaje a Conil me trajo recuerdos de mi niñez. Mi madre compraba –entonces un día sí y otro no, a falta de nevera- en una frutería regentada por un matrimonio conileño –Virtudes y Alfonso- que llegaban a diario a Cádiz con la mercancía en su furgoneta. Lógicamente, todo era de calidad, pero echo de menos aquella uva moscatel o aquella de variedad palomina tan rica. ¡Qué tiempos aquellos, en los que solo había que pedir que los productos estuvieran frescos, porque lo demás se daba por supuesto!