Me declaro representante legal de los garbanzos con chocos. Si alguien los quiere, tiene que hablar antes conmigo. Cuando tengo que preparar algo para un grupo numeroso, ahí estoy yo echándole valor a este clásico de los platos marineros; también compré una cacerola tamaño cuartel, en Bazar Victoria naturalmente, dónde me aseguraron que la marmita tendría capacidad para 15 personas como mínimo, y no se equivocaron, como era de esperar.

Se trataba de devolver la visita al Círculo de Arte Vivo, grupo de amigos unidos por la gastronomía en Sevilla, que la vez anterior nos agasajaron con una maravillosa berza a mi jefa y a mí. Ahora tocaba corresponder. Lo ideal hubiera sido preparar in situ los garbanzos, pero la jornada laboral no me lo permitía; así que dejé listo el potaje en la flamante olla, a falta de sal y de especias picantes al gusto. Eso sí, a pesar de haber usado guantes para limpiar los chocos, las uñas se habían puesto algo negras… riesgos del directo.
De camino al local, voy con la olla en coche, conduciendo mi hijo a cambio de un plato de garbanzos, impuesto revolucionario que no tuve más remedio que pagar. Llego al Círculo, dónde se entra por la cocina, en la que una maravillosa mesa de madera muy rústica acerca a los invitados, que intercambian pan de pueblo troceado con embutidos variados. Yo, a lo mío, a ir calentando y poniendo a punto mis garbanzos. Pero caen dos cervezas fresquitas, no puedo negarme a alternar.
Llega el momento de la verdad. Y soy la encargada de servir los platos con el contenido de mi olla fantástica. Los habitantes del Círculo sacan un botellón –por el tamaño- de buen vino tinto. Mientras, se repasa la actualidad política, y de paso, los cotilleos de la prensa rosa, frivolidad inevitable.
Los comensales proceden de distintos ambientes, pero también de la Universidad, uno de ellos fue profesor mío. Y las conversaciones surgen de la nostalgia musical: rock and roll, música francesa de los 70, cantautores españoles como Paco Ibáñez o Sabina, y un canto de una servidora dedicado a Benedetti: «Si te quiero es porque sos…» decía la letra,y nos damos cuenta de lo que hemos vivido y de cuánto hemos cantado durante tantos años, puretismo sentimental, justificado eso sí, porque sale a la superficie y lo escuchan los y las que son más jóvenes. Hay que envejecer con glamour….
Envuelta en una bolsa de tienda elegante, salgo con mi megaolla, en la que aún quedan tres o cuatro platos de garbanzos, todo eso por el impresionante Paseo Colón (¡qué fuerte, con una olla junto al río!); parece que he pasado la prueba, ¡qué bien!. Subo al taxi y el chófer me pregunta por el contenido del cacharro, como si fuera normal viajar con una olla llena de garbanzos; él también es un apasionado de la cocina, y comprende esta pequeña aventura gastronómica que llenó un momento de varias personas.
Sobremesa de conversación, de recitado de versos, de recuerdos, de música de otro tiempo, junto a personas de distintas edades y condición, forman un vintage emocional intenso e interesante, yo lo recomiendo como remedio contra la intolerancia, que eso fue nuestra transición: lo que conseguimos y lo que dejamos atrás por imposible. Y el testigo, una olla de garbanzos con chocos que hablan por sí solos.
(Los ingredientes: 1,100 kg de garbanzos de Escacena, 5,5 kg de chocos de trasmallo, ½ kg de tacos de jamón serrano ibérico, 2 huesos de jamón, un buen chorro de aceite de oliva virgen extra, 1 kg de tomates pelados y triturados –en casa-, dos cabezas de ajo, dos cebollas grandes, sal y pimentón dulce, y especias picantes opcional).