Suena a canción italiana de los sesenta, pero son la unidad de “marines” de la cocina. Por ellos comienza una historia de amor, la de la fusión básica de ajos, cebollas y pimientos con un amoroso aceite de nuestra mejor tierra. Su hierro aporta el envase primitivo y genuino para esta función, y con los peroles comienza la dificultad, el llanto por el efecto de la cebolla. Es un aviso, una prueba, que luego se suaviza al recibir el chorro y aroma de un buen vino blanco; el sofrito se parece a la misma vida.
Humilde cacharro que no pasa de moda ni ha sido aún desplazado –al menos en mi cocina- por sofisticados chismes con materiales de última generación. Los peroles conservan su precio, que solo actualizan con el IPF (¡que bien!), y tienen el mérito de seguir siendo atractivos en los escaparates con el paso del tiempo.
Introductores del guiso, mejoradores del potaje en su intermedio, freidores de tomate o revolteadores de huevos, jamón, gambas o verduras, o abridores de coquinas puntaumbrieñas, son enriquecedores ayudas de cámara para cualquier cocinero/a serio/a.
Mis peroles conviven muchos años en mi cocina, y cuando al cabo del tiempo y de muchos refritos empiezan a desgastarse, me surge la idea de la sustitución de alguno de ellos. Pero aún así siento pena por deshacerme de él y lo dejo en reserva para un desavío. Me gusta guardarlo, respetarlo y contemplarlo incluso en su jubilación, como a los profesionales expertos.
No sé por qué me ha salido hoy esta vena tan sentimental con los peroles de hierro de toda la vida, pero estos clásicos cacharros tienen la virtud de transmitir calor, punto y sabor a muchas comidas del menú nuestro de cada día.
¿Qué haría yo sin mis peroles?