El pasado martes tuvo lugar en Sevilla un evento deportivo importante por sí mismo. El protagonista fue un campo de fútbol cutre, sin gradas, sin marcadores, con piedras a modo de portería, líneas hechas a mano y con chavales jugando descalzos y con camisetas regaladas. Pero en realidad se inauguró un espacio ganado a la miseria, de droga, de atraso, de machismo y de intolerancia. Entre el grupo de espectadores, chicos y chicas de la carrera de Trabajo Social de la Universidad Pablo de Olavide, con su vicerrector al frente, José Luis Sarasola. El promotor del “estadio”, Jorge Morillo, responsable de la asociación Educar en la Calle.

“Campo de la Esperanza” es el nombre escogido por Jorge para esta humilde ciudad deportiva, que consiguió gracias a la limpieza realizada por las palas de la obra del metro sevillano, obteniendo un trozo de terreno con las dimensiones de un campo de fútbol. Y así fue, y nació un lugar libre de los malos humos de la infravivienda, analfabetismo y de un chabolismo endémico, y todo ello para que jueguen los niños y niñas que malviven en el entorno del puente cerrado de San Juan de Aznalfarache, más de cien en la actualidad, en una situación de auténtica emergencia sanitaria.

El pasado 29 de marzo, un tiroteo en la barriada de las Tres Mil Viviendas, auténtico gueto de marginalidad, al parecer por un ajuste de cuentas por asuntos de droga entre familias, acabó con la vida de un joven de 17 años. Las familias del homicida, tras el altercado, abandonaron sus domicilios con lo puesto para evitar una “venganza”, tapiaron sus casas y se refugiaron en los terrenos junto al puente de San Juan, improvisando chabolas sin los servicios básicos de agua, luz o alcantarillado.

Un total de cuatrocientas personas salieron huyendo para instalarse en ese descampado insalubre, aumentando el censo ilegal de los que –en menor número- ya ocupaban esos terrenos sin urbanizar, con ciertas “condiciones de comodidad” (camas, estanterías, lavadoras, alguna nevería y cocina de butano). Pero los últimos “colonos” incorporados carecen de colchones, platos, ropa para cambiarse y cacharros de cocina.

Dos partos se han producido ya en el propio asentamiento desde que llegaron estas familias, hace cuarenta y cinco días. Necesitan cunas, carritos de bebé y colchones y también ropa; los niños van desnudos y descalzos, y la mugre y las moscas campan a sus anchas; lógico, pues el agua está a varios kilómetros de allí. La ciudad de Sevilla tiene AVE, metro, espacios culturales y escénicos y una imagen universal. Pero también tiene este infierno, campo de refugiados de auténtico desastre humanitario.

El primer partido de fútbol celebrado en el “Campo de la Esperanza” fue un triunfo para la ONG que pilota el educador de calle Jorge Morillo. La secuencia del acto de inauguración comenzó dotando de equipación a niños sucios que ahora no pueden ir a clase, no tienen juguetes para entretenerse ni culpa del comportamiento de sus padres. Fue fácil fijar la alineación y distribuir los puestos entre los pequeños jugadores y jugadoras mezclados en la etnia gitana, todo un triunfo: el primer gol lo marcó una niña, siendo aplaudida por todos.

Comeencasa no puede olvidar su crónica de la merienda, tras los penalties, gracias al Banco de Alimentos. Eran refrescos muy fríos, batidos, galletas y chuches. Y un trofeo muy grande para el ganador de esta Champion League. ¿Esperanza o vergüenza?