Encontrar novio es muy difícil sin salir de casa -decía mi abuela- por muy guapa que seas. Algunos de nuestros buenos productos no se dan a conocer lo suficiente y se quedan comercialmente solteros. Por eso, el restaurante Sopranis (calle de igual nombre junto al ayuntamiento) y La Alacena (venta de productos gastronómicos de la provincia), han organizado un ciclo de catas y maridaje que está previsto se extienda hasta 2010.

Comeencasa participó como novato total en esta experiencia, en la que vinos y quesos gaditanos jugaban con total libertad de elección de pareja, un amor libre en la gastronomía, al que se llegaba con tres tiempos o desfiles previos: vinos, quesos y maridaje de ambos. Y un jefe de ceremonia joven y apasionado, Pedro José Pérez Roldán, sumiller gaditano que ya se ha codeado con los grandes gurús de la gastronomía española.

Primer tiempo: cuatro vinos gaditanos, dos con cierta experiencia: García de la Jara –en roble francés- y Cortijo de Jara Roble –de Arcos por la empresa jerezana Puerta Nueva; y los dos últimos, sin pasar aún por el mercado: Fine Tempo -uvas envejecidas en cuevas, atención a éste– y un petit verdot de la bodega Luis Pérez, aún sin nombre. Todos ellos fueron apareciendo de uno en uno, desfilando con glamour por la pasarela ante nuestros ojos (cata visual), de nuestras narices (cata olfativa) y nuestras bocas (cata gustativa). Tras estas fases, fuimos capaces de resumir la ficha del vino en cuestión, concluyendo que algunos no son para guardar sino para beber.
Segundo tiempo: cuatro quesos de Cádiz; queso de cabra payoya semicurado de la Quesería de Villaluenga; queso en conserva de aceite y especias La Cabra Verde de Arcos, producto ecológico; queso de cabra payoya curado y aromatizado al romero de El Gazul, Alcalá de los Gazules; y queso de variedad de oveja grazalemeña de la Quesería de El Bosque. Con ellos, hubo que observar aspecto externo e interno, composición y características sensoriales. Según he leído, el XXIII Salón Internacional del Club de Gourmets celebrado en Madrid, ha reclamado nuestro queso payoyo, el mismo que hemos saboreado aquí mirándonos a los ojos.
Y tercer tiempo: el maridaje, el romance inevitable entre vinos y quesos. El ligue está garantizado. El sumiller propone un primer emparejamiento pero luego lo deja a gusto del consumidor, aún sin definir.
Aprendiendo a paladear, apreciar y conocerse profundamente, fue el camino, la escuela antes de lanzarse al amor intenso, en el que seremos mucho más que dos, y con todas las papeletas para ser eterno. Ésta ha sido nuestra experiencia, la que aconsejamos sobre todo a nuestros hijos de veintitantos, que deberían aprender a beber dentro de un orden, con una compañía responsable y valorando los productos que tienen a su alcance. La cata ha sido un éxito. Y Pedro Pérez, como todo enamorado de su profesión, nos ha contagiado el peligroso virus de la afición a la cata, del que no queremos curarnos nunca.