Es evidente la interacción de nuestros cinco sentidos una vez sentados en la mesa, objetivo del experimento anterior. Pero en la primera fase, el del guisoteo, o dicho más finamente el de la elaboración de las recetas, o ejecución pura y dura a pie de fogón, los cinco sentidos también son protagonistas para el cocinero.

Creo que todo comienza con la vista, pues con ella seleccionamos los productos de confianza en el mercado. Después, en casa, con el tacto hay una evaluación a primera vista de la materia prima. Más tarde, el sofrito y la cocción desprenden inevitablemente los primeros aromas, que delatan la bondad de lo que se hace y en suma el buen estado de los productos; el olfato es gran fuente de información.

La vista y el oído siguen contando la evolución del guiso, pues el aspecto de los ingredientes en el cacharro será esencial; y escuchar los sonidos de la cazuela nos puede alertar sobre tiempos o intensidad del fuego; El olfato seguirá avisándonos de que nuestra pequeña obra de arte está en su punto.

Una vez finalizado y apartado el guiso, creo que casi no es necesario probar lo elaborado, pues la propia experiencia del cocinero servirá. Eso sí, la degustación y opinión de los comensales será la recompensa al esfuerzo. (Yo siempre pregunto cómo ha salido el plato).

El duro trabajo de cocinar depende de muchos factores para alcanzar el éxito, no solo de los cinco sentidos. También son importantes el ánimo del cocinero y su estado de salud: un simple resfriado puede distorsionar el resultado de algo que prometía ser excelente. Pido un aplauso para cada cocinero/a.