Este pasado sábado estuve en un conocido supermercado con la intención de comprar varias cosas. Entre ellas, mantequilla, que apenas tenía para el desayuno. Por lo general, en las estanterías suelen estar dos marcas de mantequilla, una nacional y otra holandesa. Y creo que son suficientes. Pero en esta ocasión, no encontré ninguna de las dos, solo una marca blanca. Así que, me vine sin mantequilla y molesta con el supermercado.
Lo siento, nadie me ha presentado todavía a este nombre genérico de mantequilla. Durante muchos años nos hemos ido haciendo a las marcas, que, normalmente han demostrado o no calidad, lo cual ha sido correspondido por el consumidor con fidelidad o indiferencia.
No me importa –al contrario, me encantan- las marcas blancas en productos de limpieza o perfumería. Pero me cuesta la misma vida probar con estos genéricos de la alimentación. Una vez lo hice con macarrones y me arrepentí. La marca estrella era la mejor indiscutiblemente.
En el programa “Informe Semanal” del pasado sábado, se emitió un reportaje sobre el aumento de la oferta de productos de marcas blancas, con objeto de combatir la crisis, por sus ventajosos precios. Me parece muy bien, expongan estas marcas, pero dejen también algunas de toda la vida, que hoy por hoy, disfrutan de la confianza del comprador.
La fidelidad a los productos diferenciados es algo que se va consiguiendo poco a poco, a base de años y de inversión en I+D, y creo que las empresas que los fabrican merecen un respeto por su buen hacer; lo mismo que también pueden ser ninguneadas por el consumidor si llegado el caso rebajaran calidad o propiedades. Por eso, en cuanto a lo de las marcas blancas, solo digo que, nos dejen decidir libremente, que esto es España.