No pude estar en la pestiñada del sábado para poder contarlo. Pero ya me siento en carnaval. Y para ir haciendo boca, en mi cocina, he empezado a poner los primeros cedés carnavaleros, como el de la orquesta Manuel de Falla, interpretando en el año 2001 temas famosos, antiguos y modernos, de Carnaval; por ejemplo, el pasodoble de la Familia Pepperoni dedicado al Cádiz C.F. El concierto, en el Palacio de Congresos, fue un pelotazo, pero no volvió a celebrarse más.

Mi abuela materna, Carmen Andrés, pasaba el año guardando envoltorios de caramelos y chucherías de bonitos colores en cajas de zapatos. Llegado el mes de octubre, se sentaba por las tardes en la cocina en una sillita baja, y con una tijera pequeñita, de las de bordar, iba haciendo unos “peinecillos” con los papeles, que luego cortaba horizontalmente. De ese modo, conseguía varios kilos de lo que ella llamaba “confeti” (hoy decimos papelillos), que luego distribuía entre los nietos, junto a un paquete de serpentinas y un plumero de colores, todo el lote carnavalero dentro de una bolsa de tarlatana.


Nacida en 1890, creo que en San Fernando, la abuela Carmen conoció al coro de “Los Anticuarios”, famosos por el tanguillo “Los Duros Antiguos”. Fue una mujer de cierta cultura, maestra de piano, y me consta que trabajó antes de casarse en una compañía de seguros, por algo tenía una caligrafía envidiable. Carmen Andrés siempre dijo pertenecer a la clase media, pues usaba mantilla.


Estaba claro que desde muy joven seguía de cerca el carnaval de Cádiz, del que recordaba una fiesta para los muy ricos, en magníficas carrozas, luciendo lujosos disfraces alrededor de la ciudad, mientras los pobres salían a la calle a contemplar el espectáculo. Me dijo una vez haber visto a uno disfrazado con la colcha de su cama, a falta de algo mejor que ponerse por la calle.


Carnaval –fiestas típicas- de mi niñez que comenzaba en la amplia cocina de una casa del siglo XVIII en donde nací, y en la que nadie era propietario. De allí salíamos de la mano de nuestros padres, a disfrutar del desfile de carrozas, del ritmo de las agrupaciones, y de los muchos visitantes famosos, andando por las estrechas calles gaditanas, mientras se hundían nuestros pies en capas de confeti y serpentinas. ¡Qué tiempos! Hay muchos carnavales, pero el de mi abuela Carmen me trae un Cádiz elegante, de fina crítica y buen gusto, como el de esta música que escucho en mi cocina.