Las descubrí hace algunos años, cuando hicimos un viaje al Principado en familia con mis hermanos, parejas e hijos. Las comíamos casi a diario en los restaurantes que encontrábamos en las escapadas que hacíamos cada día por aquellos parajes montañosos.

A todo el mundo le encanta Asturias, sus paisajes, sus cumbres, sus lagos, sus pueblos y sus desfiladeros. Pero yo, tras el viaje a los Picos de Europa, llegué a la conclusión de que la montaña no era para mí; que lo mío era la llanura, y más concretamente la costa. Recuerdo que al salir cada día de marcha pasaba un mal rato viendo los precipicios desde el coche, y sentía más pánico pensando que aún nos quedaba la vuelta, por el mismo sitio.

Pero bueno, me traje de Asturias la afición por las fabes. Al principio, las hacía con el tradicional compango, que tanto encantaba a mi familia. Pero un día, en Miña Terra, en Cádiz, donde las compré, me facilitaron un librito con todas las recetas posibles de fabes. Y ahí empezó mi aventura con ellas.

Las he preparado con marisco, y salen estupendas, además de muy digestivas. Pero he comprobado que las fabes están buenas con cualquier cosa. Tengo previsto hacerlas con calamares, es cuestión de ponerme.

El único inconveniente que tienen las fabes es su precio, superior al del resto de legumbres. Pero algunos amores salen caros.