Este verano, pasamos un día en Barbate. Queríamos probar el atún premiado en la ruta gastronómica y conocer el pueblo. Mi amigo Pepe Monforte me había advertido que no dejara de visitar la Confitería Tres Martínez, por ser algo especial. Monforte tenía razón. No soy nada aficionada a los dulces, pasteles, incluso helados. Pero fue llegar al local de la pastelería y empezar a entusiasmarnos tanto que no sabíamos qué fotografiar y en qué centrarnos para comprar y llevar.

La barbateña Confitería Tres Martínez, obtuvo en 2006 el premio al Desarrollo Sostenible, otorgado por la Consejería de Medio Ambiente de la Junta de Andalucía, por la elaboración de sus dulces artesanales con productos del Parque Natural de La Breña. La noticia fue recogida por La Voz de Cádiz, y no tiene desperdicio. Los dulces se comieron en casa sin necesidad de insistir. Confieso que ingerí dos o tres (todo un record para mí, y además, los que me dejaron). No hay nada como la buena pastelería, frente a tanta vulgar confitería industrial, con grave perjuicio para la salud.

El viaje se completó con una breve visita a la fábrica de conservas La Barbateña, y su Tienda-Museo y Sala de Degustación, situada frente al muelle pesquero. Allí, te transportan a una época de galeones con interesantes objetos exhibidos, como por ejemplo la maqueta de lo que fue la batalla de Trafalgar, además de todo un recorrido por la cultura del atún, en cuanto a pesca, conservas, e historia en general.

La tienda-Museo de La Barbateña es una sala con capacidad para unas 80 personas y un surtido de todas las conservas y salazones que se producen en la fábrica, además de productos y artesanía de Barbate. Cuenta también con una pequeña biblioteca y videoteca relacionada con temas del mar. Se ofrece un menú didáctico y visitas guiadas para grupos turísticos, colegios, empresas o particulares. Y entre todos los objetos que vimos, una foto de una barquita de pesca con el nombre: “Yo te esperaba”.

Y no quisiera acabar esta noticia sin aludir a lo que significó para mi familia el paraje del faro de Trafalgar , en Barbate, en los años 40. Mi abuelo, vuelto a casar tras enviudar con 7 hijos, tuvo cuatro más con mi abuela. Farero –entre otras cosas- de profesión, pasó algo más de un año en este bellísimo faro, con su mujer e hijos pequeños, cuando aquello era un paraje totalmente virgen. Durante aquella larga temporada, los niños no pudieron asistir a la escuela, por la lejanía y medios de entonces. Así que fue mi abuelo quien hizo de maestro para que no perdieran el curso.

Mi abuela me contaba que cuando llegaron para hacerse cargo del faro, lo hicieron a lomos de caballo, pues no había aún carreteras. También refería que el ajuar doméstico del faro era de gran belleza y calidad, como las tazas de café de porcelana inglesa. Coincidió esa época con la II Guerra Mundial, por lo que mi tío –de 14 años-, encargado de conseguir el pan en la aldea más próxima, se cruzaba a menudo en la carretera con vehículos militares con prisioneros –algunos enfermos de tifus- que se dirigían hacia Gibraltar.

También refiere cómo un par de veces al año, con las fuertes mareas, quedaban totalmente incomunicados, puesto que el faro quedaba rodeado de mar. Mi madre relataba cómo acudían los delfines, dando alegría al paraje. Sin duda alguna, un auténtico paraíso. En mi familia materna, los faros significan mucho….