Se agotó la especulación inmobiliaria – ya era hora- y parece que ahora le toca a frutas y verduras, con subidas de precios abusivas, en medio de la crisis. Las noticias hablan de precios disparados hasta el 1000% desde el campo a la mesa, machacando a la economía familiar, ya de por sí maltrecha. Pero con la comida -que es salud- no se juega.

 

Y el sector reacciona: por ejemplo, en Granada, un grupo de agricultores lanzan una cadena de precios bajos, abriendo sus propias fruterías para aminorar el impacto de los márgenes de los intermediarios sobre el precio final de los alimentos. Así, no solo reciben más por sus productos (no me extraña, deben estar hartos), sino que se beneficia al consumidor, yendo directamente de los cultivos a la tienda, sin almacenar. Se venden los tomates cortados el día anterior. Y no es para enriquecerse, solo para sobrevivir. Esta idea se ha extendido a otras provincias como Huelva y Córdoba.

 

Me encanta esta iniciativa de venta directa de los productos del campo. Al fin y al cabo, se beneficia quien lo trabaja y quien lo consume. Ambos, e incluso el propio detallista, son los menos culpables de la especulación. Y no solo me refiero al alza de precios, sino también a la menor calidad. Da vergüenza ver expuestas en muchos supermercados verduras y frutas deterioradas, en un claro desprecio al consumidor.

 

Y tras escuchar estas noticias, siempre llego a la misma reflexión: nada como tener huerto propio. Me muero de envidia cada vez que alguien me cuenta que consume sus propios tomates, o pimientos, o lechugas de una cosecha que obtiene en el huertecito de su chalet, o incluso en su patio o terraza.Y para seguir rabiando de envidia, aquí tenéis la foto de las berenjenas injertadas de Juan Moreno, en su huerta de Murcia, toda una obra de arte.
 
 
 
 
Sé que en Sevilla se mantienen los llamados huertos urbanos, pequeñas parcelas cultivables en las afueras de la ciudad, que cuidan voluntarios y jubilados. Tengo previsto ir un día a visitarlos para contarlo, porque me parece una idea genial. Y, aunque soy ratón de ciudad, confieso que me obsesiona esta grandiosa cultura del campo, auténtico tesoro para el hombre, que aprenderá a valorar un trabajo hecho a base de cuidados y atención, y cuyos frutos son fuente de salud.