Porque su tren vendió boleto de ida y vuelta, y porque han sobrevivido a sus dueños. Y hoy, gracias a ellas, la cocina nos va transmitiendo recuerdos, memorias del trabajo hecho para los demás entre cacharros y durante muchos años. Pero eso solo lo percibe y lo valora el que quiere.

Entre mi hermano y yo conservamos –entre otros- estos dos humildes objetos, reliquias de la cocina de nuestros padres: una fuente alargada de aluminio y un pelador de patatas. La fuente albergó muchas y muchas ensaladillas, cuando aún eran un plato novedoso en el menú familiar. Recuerdo que entonces la marca de la mayonesa de bote era Musa. Mi madre preparaba los ingredientes con mimo, sin prisa y sin pausa, mientras nosotros entrábamos en la cocina de vez en cuando a curiosear y a celebrar el plato elegido. La ensaladilla se remataba con una decoración de aceitunas y pimientos morrones. El caso es que su sabor aún no se me ha olvidado del todo.

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En cuanto al pelador de patatas, objeto intransferible de mi padre, venía a apurar el mediocre mondado (según él) que los demás hacíamos de aquellos tubérculos, cuyo sabor era bueno sin excepciones (no como hoy). Así, mi padre, que solo aspiró a ser pinche de cocina con mi madre, se sentaba, cansado del trabajo, en una de las sillas de la cocina, y mientras conseguía cáscaras transparentes, daba conversación a mi madre sobre las pequeñas (o grandes cosas del día). En aquella humilde cocina, sin encimera, de cacharros sencillos, se mantenía la ilusión de vivir cada día, gracias al plan de comida diario para cuatro hijos. Y cada plato, en aquellas difíciles economías, tenía su mérito.

Como la canción de Serrat, aquellas, estas pequeñas cosas nos tienen a su merced, y nos acechan detrás de la puerta o en un cajón. Herencias de cariño materializados en perfectos guisos sin desmayo por una pareja –mis padres- que se amaron y se respetaron hasta la muerte. Hoy, estos viejos utensilios decadentes entre tanto adelanto, traen a nuestro presente el trabajo en equipo para los demás, en el marco incomparable de una de tantas cocinas del mundo. Y por supuesto, nos hacen que lloremos cuando nadie nos ve…