Estoy dispuesta a reivindicar el papel de las albóndigas en los menús actuales, aunque su diseño evoque los platos de las pensiones y fondas antiguas. Son un poco latosas de preparar, pero si los comensales son pocos, tienen la ventaja de poder hacer para dos o más veces, según la cantidad de carne a emplear y según la cantidad de albóndigas que vaya en cada plato.

He venido haciendo las albóndigas tradicionales, con carne de ternera (de un lugar llamado doncella, parecido a aguja), picando ajito, cebollita, perejil, leche y pan rallado (ojo a los celíacos), añadiéndole dos huevos batidos y dejando macerar esta mezcla junto al relleno unas horas antes de formar las albóndigas.

Y tras llevar mucho tiempo amenazando a los míos con hacer albóndigas de chocos, tanto que ya ni me hacían caso, pues ayer me decidí. Tenía un choco choquero muy profesional, congelado por mí, que en su día pesó como 1,5 kg, y del que incluso me habían extraído la tinta (que podré emplear en hacer arroz negro otro día).

Tras cortar a trozos con las tijeras de cocina todo lo aprovechable del choco, lo pasé por la picadora (o termomix también) e hice con él la misma mezcla que empleaba con la carne, es decir, de momento no me quise arriesgar. De las 24 hermosas albóndigas que me salieron, congelé la mitad una vez pasadas también por aceite muy caliente. Y un día de la semana próxima, me alegraré al recordar que para el día siguiente tengo lista la mitad del primer plato, a falta solo de hacer la salsa.

Tengo previsto hacer más modificaciones sobre este plato, (nada de conformismo en la cocina) añadiéndole alguna que otra verdura, ya os contaré. Al final, la cocina olía estupendamente y los míos querían comerse las albóndigas antes de tiempo. De eso se trata, de levantar pasiones en la cocina….