Con el buen tiempo, los tomates mejoran en calidad, y el calor nos lleva a demandar alimentos más fresquitos en lo que a temperatura se refiere. (De hecho, así estaba este pasado puente del 1º de mayo la playa Victoria de Cádiz).

 

Y una sopa fría tradicional de la primavera-verano es precisamente el gazpacho, que una vez que se empieza a tomar en las comidas (al menos de Andalucía), la gente se engancha a él de tal manera que lo incluyen en todos los menús, y así hasta el final de la temporada, coincidiendo con la vuelta de nuestras vacaciones y el propio agotamiento del tomate (nunca mejor dicho).
El gazpacho se ofrece siempre como opción refrescante ya desde la propia nevera, dejando anualmente su impronta en nuestra mesa, como uno de los alimentos que admite más variedades, todas excelentes, en las que cada uno aporta su propio carácter; con agua o sin ella, con pepino o sin pepino, con o sin cebolla, para beber o tomar con cuchara, con o sin pan… total que no hay dos gazpachos iguales, pero todos ellos se merecen el homenaje que hoy les rinde comeencasa. Pues nada: ¡a por ellos!

 

Hoy os presento un gazpacho poco convencional para el desfile de alimentos de la pasarela primavera-verano. Se trata de una “apuesta innovadora”, a ver si cae bien, me ponen de cursi o lo que es peor, de mamarrachera, que no se sabe que es peor. Me gustaría que disfrutárais no solo de éste, sino de los mil y un gazpachos posibles.
(Nota: el añadir pan al gazpacho tiene el inconveniente de que se estropea antes)