Creo que debo reflejar la actualidad en mis noticias. En esta semana que concluye hemos tenido la feria de abril de Sevilla, y lógicamente esto debe publicarse, porque entre otras cosas repercute en un desorden gastronómico en casa. Mi cocina la pobre está hecha un lío, no sabe cómo planificarse, pues nunca estamos seguros de comer o no en la feria, y sobre todo este año que nos ha caído una lluvia tan copiosa y agresiva. Y por otro lado, hay que evitar que se nos estropee la comida que tengamos hecha, pues las existencias de la nevera apenas han bajado estos días.

En estos casos, creo que hay solo dos consejos para sobrevivir lo más dignamente a la feria, aparte de no beber demasiado, claro. Y son, al llegar a casa, tener caldo disponible, hirviéndolo previamente, y por otro lado, abundante fruta, para tomar en la cena, en 3-4 piezas por ejemplo, junto con un yogur. El primer remedio está indicado para cuando bajan las temperaturas (como en este año) y el segundo para cuando suben y el ambiente está más seco y caluroso que de costumbre.

Os acompaño una pequeña imagen de mi caseta de feria (la más premiada del siglo XX). En ella hemos almorzado de momento dos veces esta semana. El menú que elegimos, de lo más vulgar: croquetas caseras (estaban estupendas), pan de la casa (con jamón y salmorejo), la tradicional tortilla de patatas, y algún plato de pescaíto frito. Todo ello, con tanques de cerveza. En feria no probamos ni la manzanilla ni el famoso rebujito.

Verdaderamente la feria es una magnífica oportunidad para romper la rutina y disfrutar durante unos días con nuestros amigos, compañeros de trabajo e incluso jefes, que también ellos beben, pero es cierto que descompone horarios y dietas incluso a los más disciplinados, y da pesadez a todos los estómagos. Pero eso sí, la cocina se mantiene en perfecto estado de revista, que ya es difícil. Y, como curiosidad, confesaros que la primera sevillana de la temporada la bailo siempre en mi cocina, mientras hago alguno de mis sofritos. (¡Qué vulgaridad!)