Hasta ahora no había hablado de la termomix, robot de cocina que tengo hace ya muchos años. Pero ya es inevitable: el bizcocho casero hecho con este invento, triunfó desde la primera vez que lo hice. Su receta puede encontrarse en el libro que trae, con el nombre de bizcocho rápido, y que consta de huevos, azúcar, aceite, yogur, harina, sal y levadura., y el azúcar glass al final. Como notas a subrayar, el aceite debe ser de oliva virgen extra (Setenil) y los huevos, que hace mucho que vengo usando los ecológicos. (yo continúo con las tonterías, lo siento).Por lo demás, la harina de repostería Gallo y el yogur de limón Danone, de lo más normalito.
 
Son ya muchos los bizcochos rápidos que he hecho en todo este tiempo. En casa siempre lo acogen de maravilla, pues no solo cubre los desayunos para los perezosos (que hay en todas las casas), sino también las meriendas. Al fin y al cabo tiene mucho alimento, sobre todo por los huevos y el aceite, que además le da una gran esponjosidad.
 
 
 
Pero sin duda el mayor éxito alcanzado del bizcocho ha sido en la oficina, adónde lo he llevado, siempre recién hecho, con motivo del cumpleaños de algún/a compañero/a y sin embargo amigo/a, o del mío propio. A veces he buscado alguna que otra excusa tonta para aparecer a las ocho de la mañana con el bizcocho en una bolsa de plástico, y cubierto con la tapa de aluminio de tienda de veinte duros. El caso, es que como lo llevo todavía caliente, lo primero empiezan a preguntarme cómo he sido capaz de hacerlo antes de llegar a la oficina, demostrándome todos que admiran mi disposición. (No es para tanto, he hecho mayores proezas).
 
 
 
Total, que llegadas las 10 de la mañana, se empieza a trocear tímidamente el bizcocho (siempre guardo un cuchillo -de cocina- en mi mesa para estas ocasiones), y sobre las 13 horas solo quedan migajas en el molde. Por supuesto, siempre hay quien repite, aunque no lo reconozca a priori, y aparte, siempre se invita a alguien ajeno al departamento que casualmente llega por allí. (y que nunca dice que no).
 
El bizcocho está de muerte, y la verdad es que ha dado muchas satisfacciones. Alrededor de él se ha creado siempre un buen clima, que incluso dura varios días, con lo que se amortiza su gasto económico y de mano de obra. Al final, siempre vuelvo a casa con el molde cubierto de migas de bizcocho, contenta y con el cuchillo para meter en el lavavajillas de casa (una es muy limpia, la verdad).
 
 
Os recomiendo llevar a vuestro trabajo un bizcocho de vez en cuando. Es cierto que también se valoran otros dulces exóticos traídos de los viajes, pero la gente aprecia mucho más cuando sabe que se han hecho con trabajo propio. (Además, al ser natural, engorda mucho menos que la bollería industrial, eso dice mi médico nutricionista).
 
 
 
Compartir en la oficina un bocado tan exquisito, sin duda nos acerca mucho más unos a otros. Y a veces incluso, alguien se trae algúna botellita, como el otro día en que un compi jerezano aportó una de Pedro Jiménez, que liga estupendamente con el bizcocho y eleva la moral de la tropa inmediatamente. Debería obligarse en los convenios colectivos, para mejorar las relaciones laborales.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
(P.D. Tengo encargada la receta de las famosas tortillitas de camarones gaditanas. Se trata del mejor hacedor de estas tortillitas que conozco. Ya os la pasaré, paciencia)